23 feb 2020

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LA CLAVE

 El president del Govern, Quim Torra y el presidente del Parlament, Roger Torrent.

La gestión pendiente de la derrota

Joan Cañete Bayle

La división del independentismo no es solo una lucha por la hegemonía; es consecuencia de no haber aceptado el fracaso del 2017

Del 6 de septiembre al 27 de octubre del 2017, el independentismo puso en práctica la vía unilateral a la independencia. Con una mayoría simple en el Parlament que, fruto de la ley electoral, no alcanzaba el 50% de los votos emitidos por los ciudadanos, organizó un referéndum de autodeterminación, se proclamó ganador, afirmó que constituía un mandato democrático (a pesar de la violencia del 1-O y de la opinión contraria de los observadores internacionales) y declaró la independencia. Después, no se arrió la bandera española de la Generalitat, la ciudadanía no se lanzó a la calle para apoyar el nuevo Estado, no se intentó alcanzar el control efectivo del territorio, no hubo reconocimiento internacional, y los Mossos d'Esquadra no se movieron de la legalidad imperante. Una parte del Govern se fue al extranjero, la otra acató la aplicación del artículo 155 de la Constitución y afrontó un duro proceso penal que ha acabado con altas sentencias de cárcel. Hay versiones contradictorias sobre si se trató de un farol para forzar a negociar al Estado o un intento genuino de independencia: en cualquier caso, la vía unilateral acabó en una durísima derrota con un elevado coste social y político para Catalunya y personal para los afectados.

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El espectáculo de división permanente entre ERC y JxCat no obedece tan solo a la lucha por la hegemonía en el ámbito independentista. Es consecuencia de esa dura derrota, de la incapacidad para gestionarla, de no haber sabido (o podido) aceptarla o de haberla interpretado de diferentes formas. El nacionalismo irredento (de izquierdas o derechas, da igual) vive en la imaginaria República nonata y debe alimentarla de gesticulación y emotividad. El más pragmático busca la forma de gestionar la derrota sin admitirla. Porque si algo no puede permitirse el independentismo es reconocer que el Rey (en este caso, la República) está desnuda: que tras el volveremos a hacerlo, las apelaciones a la dignidad, la tramposa equiparación de toda Catalunya con el proyecto independentista, incluso tras las victorias sucesivas en cada convocatoria electoral con unas cifras de votantes insuficientes para la independencia, se esconde una gran derrota, una generación de líderes encarcelados, una sociedad dividida, un proyecto inviable a corto y medio plazo, una pulso muy desequilibrado con el Estado y la gestión diaria de una autonomía. A ver quién se lo cuenta a más de dos millones de personas a la que se les dijo que había prisa y que el sueño estaba al alcance de la mano. Eso sigue pendiente.