75º aniversario de la liberación del campo de exterminio

Lecciones de Auschwitz

La comunidad internacional debe poner medidas para que no se repitan más genocidios como ese

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Frank-Walter Steinmeier, presidente de Alemania, en la entradade Auschwitz.

Frank-Walter Steinmeier, presidente de Alemania, en la entradade Auschwitz. / AP / Markus Schreiber

La conmemoración del 75º aniversario de la liberación de Auschwitz llega en un momento en el que el antisemitismo y los populismos de tipo totalitario repuntan en muchos lugares del mundo. Durante 75 años, Auschwitz ha sido el símbolo del Holocausto, de la barbarie nazi, del mayor genocidio contemporáneo documentado hasta el momento. De éste y de cómo se gestionó su final, la comunidad internacional debía aprender algo, debía sacar conclusiones y poner medidas para que no se repitiesen más Auschwitzs. Los horrores nazis fueron de tal magnitud que el mundo, o al menos Europa, tenía que haber quedado escarmentada. Pero ¿ha sido así?

Auschwitz (I, II y III) fue sólo uno de los muchos campos de exterminio, concentración o trabajo que el nazismo desplegó por Europa. En ellos se recluía forzosamente a población seleccionada por criterios totalitarios con la intención de, o bien exterminarlos, o bien someterlos a un calvario lento y cruel. Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, y con la liberación de los campos y de los supervivientes, muchos de los mandos militares y políticos del nazismo fueron juzgados en el llamado Proceso de Nüremberg. Estos juicios, realizados por los aliados, buscaban condenar a quienes perpetraron tales crímenes contra millones de personas.

Reparación de las víctimas

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Nüremberg está considerado el pilar de la llamada Justicia Transicional, una serie de mecanismos jurídicos que pertenecen al ámbito de la resolución de conflictos y persiguen castigar a todos los criminales que en una guerra han cometido crímenes para poder iniciar la reparación de las víctimas. Nüremberg no fue reconocido por quienes eran juzgados y tampoco juzgó a todos los responsables (ni siquiera a Adolf Hitler, como es ya conocido) pero ofreció una oportunidad al mundo que nacía entonces de dar un mensaje claro: no se permitirán crímenes contra la humanidad. Así, los aliados crearon la ONU y poco después, la Corte Penal Internacional, que se encargaría de juzgar delitos de lesa humanidad.

Ahora bien, las lecciones aprendidas de Auschwitz no parecen contar de igual forma para todos. La vara con la que se medía la condena unánime de los países democráticos a un nazismo totalitario no se aplica actualmente contra dictaduras de forma consistente. Son muchos los líderes de países democráticos que establecen complicidades o apartan la vista ante intereses comerciales con países de dudoso respeto a los derechos fundamentales. Sigue habiendo genocidios en varios lugares del mundo sin que la comunidad internacional haga algo o lo haga a tiempo y, cuando acaban, no siempre pueden ser juzgados en la CPI. Una mayoría abrumadora de los condenados en La Haya son líderes de países africanos. La justicia global es blanca y se decide en el Norte. Por último, el antisemitismo crece incluso en los países más industrializados ante la inacción o incapacidad de las narrativas democráticas de combatir a las populistas. La última generación de supervivientes de Auschwitz y tantos otros merecen que no olvidemos. Nosotros merecemos ser más críticos y corresponsables como sociedades de lo que lo fueron las generaciones que convivieron con los fascismos.