Al contrataque

Ofensiva contra la escuela

Pensar que el aula es un espacio aséptico donde los maestros transmiten de la forma más objetiva posible una información también objetiva y desprovista de toda connotación política es tener una noción muy pobre de lo que es la función educadora

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Una profesora imparte clase a sus alumnos.

Una profesora imparte clase a sus alumnos. / RICARD CUGAT (ARCHIVO)

No sé si fue en séptimo u octavo de EGB cuando apareció sobre la mesa del profesor una tabla llena de penes, todos de colores y tamaños distintos, no fuera que en esto también se nos olvidara que somos diversos. Y hala, todos los alumnos a desfilar para cumplir con lo que se nos pedía: poner bien un preservativo. La clase se llenó de risas, miradas que se desviaban, mejillas sonrojadas y alguna broma de mal gusto. Vergüenza no nos faltaba, pero eran unos tiempos en los que nadie se atrevía a poner en duda a los maestros y fuimos pasando por el 'aparato' uno a uno, con el miedo de que nuestra elección aleatoria del miembro a cubrir mostrara algún tipo de preferencia ante nuestros compañeros.

Era una actividad más de educación sexual de las que se organizaron en nuestro colegio por iniciativa del claustro. La enfermera Montse Vall, invitada por la directora Carme Roquer, aparte de enseñarnos a poner preservativos, recuerdo que hizo una reunión especial en la que solamente estábamos las chicas y allí la bombardeamos a preguntas, muchas sobre cuestiones prácticas (tampones, himen) que no habíamos podido consultar con nadie de nuestro entorno hasta entonces. Y qué descanso, qué liberación deshacernos de mitos, rumores y visiones turbias y negativas sobre sexualidad. Recordemos, además, que eran tiempos de sida y embarazos adolescentes.

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Muchas de las familias de los alumnos que asistieron a esas charlas puede que no supieran que nos las daban, pero aún había una confianza plena en la escuela y las decisiones que esta tomaba. Ni siquiera los padres más conservadores se atrevían a cuestionar el contenido de las clases. Y eso que, por lo que me contaba el otro día la misma Carme Roquer, esas sesiones de educación sexual también se dieron a los padres en horario nocturno.

Antídoto contra la ignorancia

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Pensar que la escuela es un espacio aséptico donde los maestros transmiten de la forma más objetiva posible una información también objetiva y desprovista de toda connotación política es tener una noción muy pobre de lo que es la función educadora. No vamos a la escuela para interiorizar datos, vamos a formarnos como personas y a aprender a ser más libres, más autónomos, más ciudadanos. Por eso a menudo la escuela es un agente social que interviene en aspectos en los que no está interviniendo aún la sociedad o incluso puede ir a la contra de su entorno inmediato. Y lo hace porque su principal interés son los alumnos, no la servidumbre al orden imperante.

Poner en duda la escuela, ya sea con las actitudes reaccionarias de quienes quieren intervenir las labores educativas, ya sea por la vía de desprestigiarla acusándola de ser demasiado exigente, son síntomas de una ofensiva mucho más amplia que pretende erosionar uno de los pilares fundamentales de la ciudadanía, único antídoto contra la ignorancia programada y la fragilización del individuo ante el neoliberalismo salvaje.