25 nov 2020

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Libertad de expresión

Venta de libros en una parada en la plaça de l’Ajuntament de Badalona.

JOSEP GARCIA

El rotulador es más fuerte que la porra

Juan Soto Ivars

La Policía ostenta parte del monopolio de la violencia para que una sociedad viva en paz y seguridad, pero para que el equilibrio sea sano es imprescindible que la ciudadanía ostente el monopolio del humor

Los escudos, chalecos blindados y cascos que acorazan a los antidisturbios en sus cargas parecen ineficaces contra la burla de los dibujantes. Si no, no se explica que cuatro sindicatos policiales hayan denunciado a Toni Galmés, autor del cómic 'On és l'Estel·la?', que parodia en forma de '¿Dónde está Wally?' los choques entre los votantes del 1 de octubre y la Policía y la Guardia Civil. Los dibujos brotados de la imaginación de Galmés han sido tan hirientes y ofensivos para algunos fornidos policías como lo fueron aquellos poemillas satíricos para la actual ministra de Igualdad. Que gente tan poderosa vaya a llorarle a los tribunales por la burla de un mindundi es un chiste involuntario, tan grotesco como maravilloso. La burla parece la piedra con la que David derriba a Goliat.

Pero Goliat, en el mundo tenso de hoy, vuelve a levantarse y pone una querella. La noticia de la denuncia, admitida a trámite, coincide con mi lectura (voraz) del libro de Philippe Lançon, superviviente de la masacre de 'Charlie Hebdo'. Lo primero que escribió en la pizarra cuando recuperó la consciencia en el hospital -los integristas le habían amputado a tiros la mandíbula de abajo y no podía hablar- fue: “Este pequeño periódico no hacía mal a nadie”. Pero sí, claro que se lo había hecho. Como él mismo dice más tarde, “por fortuna, había hecho daño a un número incalculable de imbéciles, beatos, burgueses y notables, a gente que se tomaba en serio su lado ridículo”.

La Policía, el brazo duro del Estado, ostenta parte del monopolio de la violencia. Esto es fundamental para que una sociedad viva en paz y seguridad, pero para que el equilibrio sea sano es imprescindible que la ciudadanía ostente el monopolio del humor. Cuando la policía recibe órdenes estúpidas y, como en el 1 de octubre, desata una violencia evitable, el ciudadano tiene dos opciones: contraatacar con violencia, como ocurrió en las algaradas deprimentes tras la sentencia del 'procés', o recurrir al democrático desahogo de la burla. La policía debería tolerar la caricatura, pues es la vacuna más eficaz contra el cóctel molotov.

Pero la ofensa es la máscara favorita del pavor y del sentimiento de culpa. Lo demuestran algunos tuiteros, que en el #MeToo eran los más feministas pero un año antes babeaban groseramente en el cuello de cualquier borracha: los vi con estos ojitos. Es comprensible que los sindicatos policiales sufran con los dibujos de Galmés, porque caricaturizan sin piedad su lado ridículo, pero creo que estarían más tranquilos a un nivel terapéutico si, en vez de perseguir al dibujante, criticaran a los responsables del fallido operativo policial.

Si yo tuviera que dibujar la viñeta sobre esto, convertiría a Galmés en dibujante de 'Charlie Hebdo' y a los policías en integristas musulmanes. No sería un retrato fiel de la realidad, pero la caricatura enseña una cosa para decirte otra, y no hace falta ser independentista para denunciar un atropello intolerable contra la libertad de expresión, que es de todos.