Tras la borrasca 'Gloria'

Individualismo climático

El de febrero de 1911 fue un temporal de invierno, como el de estos días, alejado de la ortodoxia que sitúa el rugido del levante en el otoño y la primavera. Las crónicas de esos días no hablaban de cambio climático.

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Un grupo de persona observa la fuerza de las olas en la playa de La Barceloneta.

Un grupo de persona observa la fuerza de las olas en la playa de La Barceloneta. / EFE / ENRIC FONTCUBERTA

Si no lo había visto antes es que no había pasado nunca. ¿Seguro? Entre el 31 de enero y el 3 de febrero de 1911 el temporal de la Candelera segó la vida de 140 pescadores catalanes y valencianos, entre ellos los cuatro hermanos y el padre del que llegaría a ser alcalde de Barcelona, Hilari Salvadó. Tan solo en Penyíscola perecieron 37 marineros, en Cambrils fueron nueve. Casi todas las poblaciones costeras de tradición pesquera contaron mártires de las olas. Eran tiempos de nula previsión meteorológica y de sacar santos y vírgenes -Pedro, Carmen, Candelaria- en procesión hasta el puerto para acallar al mar. Fue un temporal de invierno, como el que nos ha visitado estos días, alejado de la ortodoxia que sitúa el rugido del levante en el otoño y la primavera. Las crónicas de esos días no hablaban de cambio climático. Solo contaban muertos y medían la altura de las olas.

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No son estas líneas negacionistas. Uno no es científico y sabe cuándo toca callar y escuchar. Pero sí son críticas con la narrativa obsesionada con enlazar cualquier fenómeno meteorológico excepcional con el cambio climático. Porque para decir que ha habido temporales antes, iguales o peores, no hace falta ser científico, solo haber escuchado a los viejos o no despreciar la pequeña historia local. O, más difícil todavía por no decir imposible, dejar de considerarnos a nosotros mismos la unidad de medida de todas las cosas.

El individualismo extremo de nuestros días tiene también su derivada climática. Todo empieza y acaba en nuestra experiencia y en la memoria de pez que nos acompaña. 'Gloria' ya se ha ido. Dentro de unos años, cuando vuelva con otro nombre, nos parecerá que es de nuevo la primera o la peor de las veces. Y pediremos explicaciones exprés y un buen 'show' para entender qué pecado hemos cometido para que el mar y el cielo nos castiguen con su peor cara. Ya no nos basta, como a los viejos de ataño, algo tan resignado como aceptar que es lo que nos toca por vivir en esta parte del Mediterráneo