17 feb 2020

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Dos miradas

Josep Lluis Trapero  durante la primera jornada del juicio en el que se le acusa de rebelión por los hechos ocurridos durante el 1-O  

EFE / POOL

Es el hombre y no el héroe el que sienta en el banquillo de los acusados. Algunos de los que cincelaron el símbolo ya lo llaman traidor

No es fácil ser héroe. Menos todavía en sociedades convulsas, donde las fobias y las filias viran con el viento. Josep Lluís Trapero fue aupado a los altares por su gestión comunicativa de los atentados del 17-A. Destiló serenidad y seguridad en momentos de angustia extrema. También ínfulas de 'sheriff'. Por voluntad propia o a pesar de ella, Trapero adquirió un protagonismo que excedía a su traje. Tanto como las teorías que se han forjado sobre él. Algunos no han digerido bien sus declaraciones ante los tribunales y ya le llaman cobarde. Para otros, siempre seguirá siendo un héroe al que solo un plan avieso de la España envidiosa lo ha llevado a juicio.

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Sobre él se han escrito panegíricos de sonrojo y excrecencias impropias. Al fin, no fue más que el protagonista inesperado de una épica necesitada de ídolos. Hubo quien convirtió su rostro en el sello de garantía de una república que nacería con 17.000 mossos a su servicio. Ahora es el hombre y no el héroe el que sienta en el banquillo de los acusados. Algunos de los que cincelaron el símbolo ya lo llaman traidor. Desde la butaca del salón.