02 abr 2020

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ANÁLISIS

Asistentes a la conferencia internacional sobre Libia celebrada este domingo en Berlín se preparan para posar en la foto oficial del evento. 

MICHAEL KAPPELER (DPA)

Libia como fatigoso enclave geopolítico y moral

Alfonso Armada

En el tablero libio, se enfrentan por vía de interposición países más interesados en sus arcas geopolíticas que en el bienestar de los ciudadanos

No es fácil entender el tablero libio, donde, como solía ocurrir durante la guerra fría, se enfrentan por vía de interposición países más interesados en sus arcas geopolíticas que en el bienestar de sus ciudadanos. Hay dos dirigentes de sendos bloques que se baten para controlar la desmembrada Libia que quedó tras la muerte de Muamar el Gadafi en el 2011: Fayez el Serraj, al frente del capitidisminuido Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), y el verdadero hombre fuerte de lo que queda de Libia, el general Jalifa Hafter. Ambos viajaron a Berlín el pasado fin de semana, pero no participaron en la cumbre organizada para tratar de que la antigua provincia del imperio otomano no se convierta en escenario de una guerra mundial a escala.

Aunque la foto de familia juntó a enemigos políticos declarados las potencias se pusieron de acuerdo, al menos sobre el papel, para poner fin a la injerencia extranjera en el arenal libio: el ruso Vladimir Putin, que apoya con armas y mercenarios a Hafter, y el turco Recep Tayyip Erdogan, que respalda con armas y mercenario sirios a El Serraj, posaron con un colchón diplomático formado, entre otros, por el francés Emmanuel Macron, y la anfitriona, la alemana Angela Merkel. Pero el carnaval político contaba con otros actores de peso, como el británico Boris Johnson, y el italiano Giuseppe Conte, por no hablar de la parte propiamente europea, con Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Josep Borrell, Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Estados Unidos, que sigue jugando un papel cada vez más periférico y paradójico en la escena internacional, envió a su secretario de Estado, Mike Pompeo. 

Putin en Moscú y Macron en París ya intentaron infructuosamente que El Serraj y Hafter se sentaran para repartirse el pastel negro. Hay mucho en juego en Libia, como han entendido muy bien rusos y turcos, como la venta de armas y el petróleo. No en vano, Libia es el noveno productor mundial de crudo, y pese a la guerra civil la producción petrolífera no solo se ha mantenido, sino que sus ingresos han permitido engrasar la maquinaria de guerra y el aparato político de las dos partes en conflicto. 

Vergüenzas morales

Basta asomarse a un mapa para comprobar en qué medida las exiguas franjas de territorio en la Tripolitania romana que controla el Gobierno de Trípoli (El Serraj y su GAN) parecen islas a punto de ser devoradas por el Ejército Nacional Libio y sus aliados, a las órdenes de Haftar, con grandes territorios cirenaicos de noreste, tripolitanos y buena parte del centro y sur tribal. Junto a él se alinean Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Y la Rusia de Putin, cuya estrategia en Siria, Ucrania y Libia, entre otros escenarios, ha dejado en entredicho la teoría de Barack Obama de que las aventuras geopolíticas de Moscú eran una prueba fehaciente de su debilidad.

Aunque la comunidad internacional (léase Occidente) parece apoyar al “Gobierno legítimo” de El Serraj, lo cierto es que dos empresas energéticas europeas tienen formidables intereses en la disputada herencia de Gadafi: la italiana ENI y la francesa Total son las dos principales compañías que siguen operando en un berenjenal. Ahí es donde la Unión Europea ha tratado de tapar sus vergüenzas morales, subcontratando a las facciones libias el control de la inmigración ilegal, mirando hacia otro lado ante los naufragios inducidos o la violación sistemática de los derechos humanos de todos los que atraviesan Libia atraídos por las garantías jurídicas y el progreso económico y social de la decadente Fortaleza Europa.