22 feb 2020

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Editorial

Dos acuerdos que deberían ser tres

Los pactos para los presupuestos de Catalunya y Barcelona son difíciles de cumplir sin otro en Madrid

  Presentación acuerdos presupuestos de la Generalitat en la sede de Economía.

  Presentación acuerdos presupuestos de la Generalitat en la sede de Economía. / FERRAN NADEU

Sigue el deshielo en la política catalana. Junts per Catalunya, Esquerra y En Comú Podem han pactado las grandes líneas de los presupuestos de la Generalitat de Catalunya. Simultáneamente, las mismas formaciones más el PSC anunciaban un acuerdo para aprobar las cuentas del ayuntamiento de Barcelona. Hace solo unas semanas, y no digamos hace unos meses, este tipo de pactos hubieran resultado imposibles. Bien está, pues, que se rompan los bloques que se construyen alrededor del proceso independentista y las fuerzas políticas sean capaces de ponerse de acuerdo, al menos, en lo que respecta a la vida cotidiana de la gente que, en alguna medida, depende de las prioridades de las administraciones en el gasto y en los ingresos.

El proyecto de presupuestos de la Generalitat intenta revertir los recortes realizados desde los tiempos de la presidencia de Artur Mas, especialmente en educación y en sanidad, pero también en cultura y en la inversión en obra pública. Además, se cierran también, en caso de aprobarse, algunos litigios con los ayuntamientos, como por ejemplo en el tema de la educación no obligatoria. El proyecto tiene también algunas lagunas. El aumento de la presión fiscal que se anuncia ha encendido las alarmas de la patronal al considerar que puede hacer perder competitividad a las empresas catalanas. Algo de eso puede ocurrir, especialmente si la economía se ralentiza. Tampoco está claro que con este proyecto se puedan cumplir las obligaciones de déficit. Un asunto que nos lleva a la tercera vulnerabilidad del proyecto de presupuestos. Son difíciles de cumplir si, en paralelo, no se aprueban los Presupuestos Generales del Estado que podrían asegurar un aumento de los ingresos de la Generalitat o, como mínimo, una relajación de los límites de déficit si prosperan las negociaciones con la Comisión Europea. Este tercer elemento es el que genera más dudas e inseguridad. Pero no el único.

En algún momento puede llegar a dar la sensación, sobre todo sin un compromiso sobre los PGE que le de virtualidad, de que esta negociación presupuestaria sea más una maniobra electoral que un paso firme hacia la normalización política en Catalunya. El acuerdo prefigura para algunos lo que podría ser una mayoría de gobierno alternativa al rodillo independentista de los últimos años. Bien con un pacto de izquierdas alrededor de Esquerra con En Comú Podem y al apoyo del PSC o bien una mayoría soberanista con Junts, Esquerra y En Comú Podem. Puede ser, como auguran algunos, el siguiente paso de la ruptura entre Puigdemont y Junqueras, o una simple etapa a cubrir para que los republicanos capten voto en unas hipotéticas elecciones catalanas sin ninguna garantía de que después se pueda reincidir en una vía unilateral.

Pero augurios al margen, es posible felicitarse por lo que ya es una realidad. Barcelona tendrá presupuesto sin necesidad de forzar las costuras con una moción de confianza de la alcaldesa. En la Generalitat se demuestra que hay margen para el gasto social sin recurrir a la independencia. Y a Sánchez se le abre una cierta ventana de oportunidad para sacar adelante sus cuentas.