19 feb 2020

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ANÁLISIS

Messi se abraza a Ansu Fati y Riqui Puig tras el primer gol

JORDI COTRINA

Mutaciones del cruyffismo

Jordi Puntí

Casi desde el mismo día en que el cristianismo surgió inspirado por la vida y milagros de Jesús de Nazaret, en el siglo I, se fue ramificando en múltiples versiones, dogmáticas, heterodoxas e incluso heréticas. Sin llegar a ser una religión, pero casi, ocurre con el cruyffismo algo parecido. En las últimas décadas, desde que el propio Johan Cruyff dejó de entrenar al Barça en 1996, su filosofía del juego ha ido evolucionando y tomando caminos diversos. Hay, por ejemplo, un cruyffismo que sale de Holanda, tiene sus raíces en  el precursor Rinus Michels y luego renace en múltiples entrenadores holandeses, a veces incluso contradictorios, de Beenhakker a Hiddink o, ya en el BarçaVan Gaal y Rikjaard.

Con Pep Guardiola el cruyffismo se volvió urbi et orbe, sus ideas se fueron expandiendo por el mundo, empezando por la selección española de Del Bosque, y hoy vemos que entrenadores como Arteta, Òscar García o Ten Hag se declaran discípulos de Guardiola, continuadores tal como en su día lo fue Tito Vilanova. Poco a poco las formas de cruyffismo mutaron con nuevos matices, más aguerridos —como el de Luis Enrique— o más prácticos, como el de Valverde. También se expandió un cruyffismo teórico, que influía a los directores técnicos y al fútbol base, e incluso se han dado casos de estudio, como el cruyffismo nuñista que practica la actual directiva del Barça.

El fichaje de Quique Setién representa una novedad dentro de la historia del cruyffismo: es el creyente que ha hallado una fe, una pasión. Oyendo sus primeras palabras en el Barça, se diría que Setién es más cruyffista que Cruyff. Por eso resultaba tan atractivo ver como oficiaba su primer partido, contra el Granada, y en mi caso la ilusión se mantiene intacta. Yo resumiría lo que vimos ayer en dos conceptos: tradición y símbolo.

En lugar de buscar una alienación efectista, de rompe y rasga, Setién prefirió la tradición y sacó el mismo equipo que habría hecho Valverde. Sin Suárez ni De Jong, jugaron Rakitic y Arturo Vidal, y la atención al plantel la dio Ansu Fati. En la primera parte, sin embargo, ya vimos que con los mismos hombres se jugaba de forma distinta, con un Busquets omnipresente. Faltaba el gol, pero se había recuperado la paciencia, esa sensación de que el 0-0 no incomoda aunque vayan pasando los minutos. “Siempre nos quedará el juego”, volvíamos a decir con la boca pequeña. Se tocaba el balón, mucho, y además circulaba rápido. Como los jugadores, los aficionados recuperábamos sensaciones, era como volver a pedalear en una bicicleta al cabo de un tiempo.

La segunda parte fue más simbólica. Vimos a Riqui Puig, que entró por un Rakitic lento y conservador, y —casualidad o no— Messi marcó un buen gol de combinación, como algunos que vimos en la época de Valverde (admitámoslo). Luego Setién hizo entrar a Carles Pérez y a Arthur, y ese centro del campo con el brasileño, Busquets y Riqui Puig ofrecía una combinación inédita, ilusionante, con más futuro que pasado. Añádanle un holandés, De Jong, y esta versión del cruyffismo es de lo más ecuménica. Amén.