19 feb 2020

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Editorial

Tarragona, déficits y objetivos

Un mayor equilibrio territorial y menos ultralocalismos permitirán superar la idea de desprotección en la zona

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El Periódico

La petroquímica de Tarragona, vista desde Salou y con las poblaciones del cinturón al fondo.

La petroquímica de Tarragona, vista desde Salou y con las poblaciones del cinturón al fondo. / joan revillas

Los primeros días del 2020 han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que no se ciñe solamente a la realidad y a las características sociales, económicas e infraestructurales de una zona como la provincia de Tarragona –con dos entidades distintas, como son las Terres de l’Ebre y el Camp de Tarragona, bajo una misma adscripción administrativa–, sino que atañe al conjunto de Catalunya y al necesario equilibrio territorial para que un país prospere. El lamentable accidente en la empresa Iqoxe, con todas las polémicas abiertas sobre las medidas de protección ante una emergencia de este tipo, se ha sumado a la sensación de desprotección y menosprecio que ha acompañado la entrada en vigor de la variante ferroviaria de Vandellòs, con una conexión más veloz en el arco mediterráneo, pero, al mismo tiempo, con notables desajustes y pérdida de movilidad en el entorno más inmediato. Vuelve a plantearse un tema espinoso que se centra en el hecho de que estas comarcas se perciben como el patio trasero de Catalunya, es decir, la zona donde se acumula todo aquello que enturbiaría la placidez de otras regiones. La lista es considerable: desde centrales nucleares al mayor complejo petroquímico del sur de Europa; desde extensiones de molinos de viento a un delta del Ebro en regresión, pasando por notables deficiencias en el transporte o falta de ayudas efectivas.

Sin embargo, las voces propias del territorio, aun siendo críticas, también abogan por una visión menos catastrofista, que no contribuye sino a completar un círculo vicioso. Uno de los problemas del Camp de Tarragona, con la posibilidad cierta de una conexión metropolitana entre las comarcas que engloban el eje Tarragona-Reus, de un gran potencial económico, turístico y productivo, es justamente una visión ultralocalista que adolece de una falta de vertebración y de una proyección conjunta. En definitiva, un proyecto que vaya más allá de las disputas de capitalidad (con ejemplos tan claros como el de la universidad, que se llamó Rovira i Virgili para no herir susceptibilidades, o como el de la estación del AVE, perdida en tierra de nadie por el mismo motivo) y que represente la configuración de un relato conjunto de toda la provincia. El imaginario tarraconense existe y presenta activos de nivel. Sin ir más lejos, la propia URV es una de las que más destacan en los rankings nacionales e internacionales; el PIB de la provincia es superior al de Girona; y tanto por la industria como por la capacidad de atracción y la situación geográfica o la vitalidad y entidad de muchas manifestaciones culturales, Tarragona merece un futuro mejor.

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Es innegable que las administraciones, con la Generalitat al frente, han de plantearse muy seriamente un plan que vaya más allá del día a día y que trace plausibles escenarios venideros para un país más equilibrado. Y también lo es que los tarraconenses (con sus distintas voces e idiosincrasias) han de encontrar una voz nítida que apueste por la conectividad, por el empuje metropolitano y por la reivindicación de una zona hoy por hoy en crisis.