22 sep 2020

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EL LABERINTO CATALÁN

Quim Torra, en el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya.

ANDREU DALMAU / EFE / POOL

Monólogo independentista

Joaquim Coll

En la neolengua del secesionismo, solo hay diálogo cuando la otra parte escucha sus razones, utiliza su lenguaje yse aviene a apoyar sus exigencias. Se trata de un diálogo unidireccional en el que la conclusión está escrita de antemano. Eso es lo que pretendía Quim Torra en la reunión de partidos catalanes (bautizada hace un año como "espai de diàleg"), imponiendo un orden del día con solo dos puntos: "situación del conflicto entre Catalunya y España" y "mecanismos de resolución del conflicto y de la represión". Enfocada, pues, con una terminología independentista para abortar cualquier otro tipo de enfoque, como reprocharon socialistas y 'comuns' a la salida de la reunión, y para reforzarla negativa de Cs y PP a incorporarse a ese foro de diálogo. No contento con eso, el 'president' celebró el miércoles pasado otro encuentro solo con fuerzas separatistas (de partidos y entidades) para marcar la agenda a ERC sobre las exigencias que el Govern va a llevar a la mesa de negociación con el Gobierno español. "Autodeterminación y amnistía", pedirán como mínimo.

Torra ha pasado en pocos días de rechazar frontalmente esa mesa cuando afirmó que el Govern no se sentía vinculado por el acuerdo que los republicanos habían alcanzado con los socialistas para facilitar la investidura de Pedro Sánchez, a encaramarse a ella para intentar conducirla hacia un escenario imposible. Se alía con la CUP y la ANC para que la negociación entre gobiernos no pueda encontrar una senda constitucionalmente transitable y encauzar la tensión. A ERC le incomoda pero transige porque prefiere arrastrar a JxCat a la negociación y, sobre todo, porque Torra está en tiempo de descuento. Las elecciones en Catalunya a mediados de este año son inevitables. Solo depende de lo que la justicia tarde en inhabilitarlo en sentencia firme, antes de seis meses. La polémica decisión de la JEC de suspenderlo de forma efectiva como diputado, cuestionada ahora incluso por el fiscal de sala del Tribunal Supremo y que puede acabar anulada cuando se dirima el fondo de las cautelarísimas, no va a tener consecuencias. Torra seguirá siendo 'president' hasta entonces.

Lo grave es que el independentismo, más allá del juego posibilista de ERC para arrebatar el liderazgo a JxCat, sigue con su monólogo y se niega escuchar las razones de los otros catalanes. De la misma forma que el Gobierno reconoce la evidencia de que hay un conflicto político, aunque no entre Catalunya y España sino de los independentistas con el Estado, el Govern debería aceptar que tenemos un problema de convivencia entre catalanes. Al intentar imponer el proyecto secesionista, se ha fracturado la sociedad y las instituciones del autogobierno se han degradado. Cuando ERC o JxCat insisten en preguntar qué ofrece España a los dos millones de independentistas, ellos deberían explicar también qué piensan hacer con la otra mitad de catalanes que no lo son, a parte de ningunearlos. Solo encontraremos una solución razonable desde un auténtico diálogo interno, con la participación de toda la sociedad civil, y no desde el cansino monólogo separatista.