02 jun 2020

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IDEAS

Richard Harrys, en la versión cinematográfica de ’This sporting life’. 

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El rugby y la clase obrera

Jordi Puntí

Deporte y narrativa: qué mal negocio. Qué difícil debe ser escribir una buena novela en torno al tenis, el fútbol, el ciclismo o ya no digamos el judo. Después de todo, entre el miedo del portero ante el penalti, y la soledad del corredor de fondo, sabemos que lo más literario es lo que ocurre cuando estás en fuera del juego, en la vida real. Por ello, con pocas y notables excepciones, la épica del deportista se suele reservar para los libros de no ficción. Más de uno asegura que la excepción más notable es 'El ingenuo salvaje', la novela que el inglés David Storey publicó en 1960 para hablar del rugby y sus implicaciones sociales, y que ahora finalmente se ha traducido al castellano (Impedimenta). Storey había practicado el deporte y lo conocía por dentro, pero la novela es mucho más que eso. Las descripciones del juego son brillantes y vistosas, nada previsibles, y los diálogos tienen la penetración quirúrgica de un Harold Pinter.

Los diálogos de 'El ingenuo salvaje', de David Storey, tienen la penetración quirúrgica de un Harold Pinter 

El argumento de 'El ingenuo salvaje' se centra en un joven minero del norte de Inglaterra, hosco y atormentado, que consigue jugar en un equipo de primer nivel. A medida que se convierte en un nombre reconocido, descubre que el origen obrero le marca mucho más que la fama, y sus días transcurren en medio de una insatisfacción creciente, que infecta su mundo. Así, la historia de amor con su patrona, una viuda joven, también está tocada por una violencia latente y una amargura vital.

La popularidad de 'This sporting life' -este era el título original- creció aún más a los tres años, cuando Lindsay Anderson la adaptó al cine, con guion del propio Storey y una inquietante banda sonora del catalán Robert Gerhard. El papel principal recayó en Richard Harris, que dibujaba aquel antihéroe con la fuerza instintiva y arrebatada de un Marlon Brando. Hoy 'El ingenuo salvaje' se puede leer, y mirar, como el testamento de una época difícil, de costumbres tradicionales, pero mantiene una pureza que va más allá del espíritu del rugby. Tal como decía un crítico de la época, “¿verdad que no hay que ser arponero para disfrutar de 'Moby Dick'? Pues tampoco hay que ser un conocedor del rugby para disfrutar de esta novela”.

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