07 jul 2020

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IDEAS

Una imagen de ’El Ministerio del Tiempo’ ambientado en la Transición. 

TAMARA ARRANZ

El misterio del tiempo

Mónica Vázquez

Recuerdo cuando vi ' El Ministerio del Tiempo'  por primera vez. Estaba fascinada. Era la presentación audiovisual de un concepto maravillosamente complejo del que huimos cuando nos tropezamos con él: que la historia es la que es, sí, pero también es la que nos cuentan… y cómo nos la cuentan. Los hechos son los que son, y se suceden, verificables, trazando una ruta que nos lleva de una era a otra, arrastrándonos por el tiempo.Pero qué elegimos omitir, qué engrandecemos y qué cambiamos al pintar una realidad que no hemos vividodice más de nosotros que de los que vinieron antes. Le hemos robado la historia al pasado y la hemos hecho nuestra. Y la construimos día a día, hilvanando cuentos que llamamos recuerdos, apilándolos unos encima de otros y declarándolos ciertos.

Los recuerdos no son cajas que guardamos, intactas en algún rincón polvoriento de nuestro cerebro. Los recuerdos son paisajes que pintamos cada vez que los queremos mirar, siempre con nuevos colores, con distintos pinceles, con perspectivas que evolucionan en el tiempo. Cuando el recuerdo es colectivo, el paisaje es un océano de infinitas posibilidades y la verdad, ya de por sí imposible de atrapar, se extiende, insondable, por las profundidades de la historia, vistiendo de realidad una visión colectiva fragmentada que decidimos llamar “pasado”. Y la ondeamos al viento. Le ponemos un nombre y decimos: “esto es lo que fue, tal y como se lo cuento”.

Pero nunca lo es. Alimentamos el presente con la nostalgia de otros. La historia está viva y en constante movimiento. Podemos cambiarla, eliminarla, escribirla de cero y encuadernarla en papel de oro. Podemos ser héroes o villanos, genios o mediocres malgeniados. Pero no podemos ignorarla, porque si no escribimos nuestra historia, otros se encargarán de construirla por nosotros, a imagen y semejanza de algún tipo de agenda.

La historia es un oasis en el desierto, una esquiva promesa de realidad que te arrastrará por un pasado que hemos creado a nuestra imagen y semejanza. Porque no heredamos nuestra historia: somos la historia que contamos.