27 sep 2020

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La libre adscripción de género

Que se callen los 'señoros'

TRINO

Que se callen los 'señoros'

Josep Martí Blanch

El profesor De Lora cuestiona abiertamente algunos absolutos ideológicos sobre la sexualidad que se han convertido con el tiempo en dogmas de fe, ganando posiciones hegemónicas en el ámbito político hasta crear la falsa impresión de un consenso

El profesor de Filosofía del Derecho Pablo de Lora ha publicado recientemente 'Lo sexual es político' (Alianza Editorial), libro de análisis y reflexión sobre las repercusiones jurídicas e institucionales del abanico de asuntos que tienen en la sexualidad su motor principal, ya se trate del matrimonio, la identificación de género, la maternidad subrogada, la legalización de la prostitución o la violencia machista.

Pero no escribimos de De Lora porque haya publicado un libro. Hablamos de este profesor porque su voz fue vergonzosamente silenciada en la Universitat Pompeu Fabra en el transcurso del seminario internacional 'Gender', al que había sido previamente invitado. De Lora no pudo exponer sus argumentos al quedar reventado el acto por militantes transgénero que exigieron que se le negase la palabra porque consideraban sus argumentos transfóbicos y propios de un 'señoro' machista. Y que un investigador acreditado como una de las voces más solventes en su campo de estudio no pueda hablar en un acto académico organizado por una universidad debe categorizarse como algo grave y preocupante.

Las consecuencias jurídicas

Veamos algunas cosas de las que escribe De Lora en lo tocante a la identidad de género en su libro. "La existencia de intersexuales, ¿hace que deje de tener sentido la categorización de los seres humanos y de miles de especies animales en hombres y mujeres, machos y hembras? A mi juicio no” (pág.161). “El diformismo es un hecho biológico, no una construcción cultural ni una realidad institucional, pues no depende de nuestros estados mentales sino de cómo es la naturaleza” (pág.162). “La reclamación de los derechos básicos de los trans no tiene absolutamente nada que ver con la existencia del diformismo sexual y su alcance. De otro modo incurriríamos en una nueva falacia moralista: porque debemos respetar los derechos de los LGTBIQ el sexo no es binario. Craso error. Lo primero -propio del dominio normativo y absolutamente incontrovertible -no tiene nada que ver con lo segundo- una cuestión fáctica sobre la que solo la ciencia nos permite indagar con fundamento” (pág. 196). Hasta aquí los entrecomillados.

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A De Lora, y en el libro queda claro, le interesan en particular las consecuencias jurídicas que pueden derivarse de la libre adscripción de género por parte de los individuos atendiendo solo y únicamente a su voluntad. Lo hace desde un posicionamiento netamente crítico y liberal. Desde el respeto a otras posiciones no renuncia a las preguntas incómodas de difícil respuesta. Y cuestiona abiertamente algunos absolutos ideológicos que se han convertido con el tiempo en dogmas de fe, ganando posiciones hegemónicas en el ámbito político hasta crear la falsa impresión de un consenso sobre estas cuestiones que sencillamente no existe. No es un libro para fanáticos, sean de la índole que sean.

En 1993, cuando la teoría 'queer' que defiende que los géneros y la identidad o la orientación sexual son una construcción social sin relación con la biología no gozaba de tanto predicamento, cursé en Nápoles el seminario 'Virginia Wolf y su obra 'Orlando': feminismo y postmodernidad'. Durante cuatro meses a todos los alumnos se nos intentó convencer de que no éramos ni hombres ni mujeres. El mensaje era que todos los allí sentados podíamos ser cualquier otra cosa solo con desearlo y que si pensábamos ser lo que éramos -hombres y mujeres- era tan solo porque habíamos vivido en un ambiente cultural determinado.

El espíritu de la universidad

A mí aquello me parecía una estupidez y algunas cosas de las que escuché me lo siguen pareciendo. Pero aun así profundicé en las lecturas que recomendaba la profesora, participé de las discusiones y agradecí ser estudiante universitario y poder acceder a puntos de vista tan alejados de mi cosmovisión para completarla, matizarla y, llegado el caso, modificarla parcial o totalmente. Ese, pensaba y pienso, es el espíritu de la universidad: dejar que el conocimiento, y también las opiniones, circulen libremente, evitando las aguas estancadas de la mansedumbre intelectual que hiede a imposición.

Sería una lástima que hoy, casi tres décadas después, los que se beneficiaron en su día de esta cosmovisión liberal que permite el debate y el intercambio de ideas para ganar visibilidad, adopten ahora una actitud intolerante y censora respecto a quienes introducen la crítica o nuevos puntos de vista sobre cuestiones en las que el consenso no es exigible más allá del respeto a la dignidad y a los derechos que merece todo colectivo. En la universidad no se manda callar a nadie, y menos a un buen profesor.