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Análisis

El príncipe Carlos, Camila, la reina Isabel II, Meghan Markle y los príncipes Enrique y Guillermo, en una imagen tomada el 10 de julio del 2018.

TOLGA AKMEN (AFP)

Dios, o alguien, está salvando a la reina

Rosa Massagué

Wallis Simpson, una estadounidense divorciada, llegó al palacio de Buckingham y el rey Eduardo VIII acabó abdicando por amor. Diana Spencer, una 'sloane ranger', una pija, llegó al mismo palacio y provocó una crisis calificada por la propia reina de 'annus horribilis', y su muerte en dramático accidente, el desapego del pueblo por primera vez hacia su reina. Llegó Sarah Ferguson, otra pija, y desprestigió a la institución con su chabacanería y sus ínfulas de grandeza. Fue apartada divorciándose del príncipe Andrés. La última en llegar ha sido Meghan Markle, otra estadounidense divorciada, de madre afroamericana, actriz de series de televisión, que se casó con el príncipe Enrique, y ha provocado la insólita reunión de una cumbre de 'royals' en el palacio de Sandringham convocada por la jefa de La Firma, es decir, por Isabel II.

Esta es la apariencia, pero la realidad es otra bien distinta en la que resaltan los varones de la familia. Eduardo VIII, contra todo consejo, insistió en casarse con Simpson, pero no fue el amor el motivo de su abdicación. Fueron sus no escondidas simpatías por el nazismo. Vista con perspectiva, la vida posterior de la pareja, dominada por una absoluta inanidad, revela lo poco adecuado que el duque de Windsor hubiera sido como monarca.

El cuento de hadas de la princesa Diana de Gales, fue eso, un cuento. Desde el primer día, cuando se difundió su primera imagen en la guardería donde trabajaba, fue cebo de la prensa sensacionalista. Y de la otra, también. Aquel encuadre en el que los fotógrafos la pusieron a contraluz de manera que se le transparentaba el vestido fue solo el primero de las incontables marrullerías de las que fue víctima. Aunque también es cierto que aprendió, porque al final supo usar en beneficio propio aquella misma prensa para explicar las infidelidades casi desde el primer día de su marido, el príncipe de Gales.

Lo de Ferguson, que ahora promociona una línea de tés y perfumes en lugares tan poco recomendables como Arabia Saudí, es en el fondo una nimiedad al lado de las relaciones de su exmarido, el príncipe Andrés, con el magnate y pedófilo Jeffrey Epstein y de sus numerosos chanchullos comerciales, envuelto siempre en la Union Jack.

En el barrizal

Y ahora aquella misma prensa que crucificó a Diana se ha cebado sobre la recién llegada con una notable diferencia que ha hecho más encarnizada la campaña contra la actriz. El duque de Sussex, a diferencia de su padre, es solo el sexto en la línea de sucesión al trono. Es además una persona de carácter frágil. Y las historias que remiten a la idea del príncipe y la corista siempre dan mucho juego a una prensa ávida de escándalos que no duda en tumbar a quien sea en un barrizal.

El verdadero problema no son las advenedizas a la realeza. La cuestión está en la vetustez de una institución reacia al cambio como demuestra que Isabel II lleve puesta la corona durante 70 años, en la incompetencia y vacuidad de sus varones y en una prensa indigna. Y pese a todo, siete de cada diez británicos es partidario de la monarquía. Dios, o alguien, está salvando a la reina.