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El nuevo Gobierno

Las virtudes de la decadencia

LEONARD BEARD

Las virtudes de la decadencia

Javier Melero

Que nadie pueda presumir con arrogancia de su presente debería favorecer el respeto y la empatía

Corren predicciones apocalípticas sobre la formación del Ejecutivo de Sánchez, proferidas en voz tan alta que hacen innecesario cualquier mecanismo de transmisión. Pero no debería cundir el pánico, más allá del temor recomendable al ciudadano sensato respecto de cualquier gobierno. Nada mejor para ello que animarse recordando con cuánta solvencia se han soportado todos los que a este han precedido, sean estatales o autonómicos. Y si este consuelo no bastara, también se puede acudir al socorrido expediente de considerar que la mitad de la población es imbécil, de gran predicamento en nuestros días, aunque de discutible solvencia intelectual.

Cada época tiene sus propias y exclusivas tonterías, como la creencia en las brujas, en el espiritismo o en la homeopatía, pero hay tonterías permanentes que prosperan en cualquier periodo. Una de las más extendidas es la creencia (común en todas las latitudes y en todo momento) de que nos han tocado los peores tiempos en los que vivir, y bajo el peor de los gobiernos posibles. También la de que los grandes países (¡solo hay que mirarlos!) ya no son lo que eran.

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No hay tal cosa. El de Sánchez será un gobierno como tantos otros, con vistas a la izquierda e inflamada retórica, pero tan legítimo y legal como los que lo han precedido y tan capaz de dar respuesta a los problemas de la sociedad como aquellos. Es decir, más bien poco. Tal vez la única peculiaridad que va a diferenciarlo de los anteriores (desde los tiempos de Adolfo Suárez) es que se pretende juzgarlo en términos supuestamente morales, por la bondad o maldad intrínseca de sus intenciones y prescindiendo de la respetable opinión luterana que considera la utilidad y la eficacia como los más claros exponentes de la virtud. A ninguno de sus críticos parece importarle demasiado lo que vaya a hacer, pues el hecho de que sea Sánchez quien lo haga basta y sobra para descalificar la acción.  

Tomemos por ejemplo el caso de Catalunya. La gestión hasta la fecha de las autoridades estatales y autonómicas ha contribuido a sumir a sus sufridos ciudadanos en un fatigoso marasmo de apariencia irresoluble; ha arrastrado el crédito (bien merecido) de todos los cuerpos policiales por los suelos; ha comprometido el prestigio de la Corona -apartándola de una neutralidad más necesaria que nunca-, ha fomentado la desafección a la Constitución -que algunos parecen contemplar como un cochambroso apéndice del Código Penal- y comprometido la credibilidad de los tribunales españoles (muy alta hasta entonces, según todos los estándares europeos) ante la jurisdicción de Estados socios y de los propios órganos comunitarios. Un balance de traca, cuyos números rojos difícilmente se compensan por la satisfacción que pueda proporcionar mantener en prisión -sin paliativos- a nueve políticos ante el escándalo un tanto hipócrita de buena parte de nuestros vecinos. A todo eso, la propuesta de Sánchez es la de hablar y negociar, buscando vías de encuentro y pacto, y hacerlo con quien piensa diferente, pues el debate con el correligionario no suele urgir tanto. ¿A alguien se le ocurre algo mejor, visto el saldo de la vía anteriormente ensayada?

Se ha comprometido la credibilidad de los tribunales españoles ante la jurisdicción de Estados socios y los órganos comunitarios

En el universo de Tolkien en 'El Señor de los Anillos' no había nada neutral o instrumental: todo estaba inexorablemente adscrito al Bien o al Mal. Las montañas, las espadas o las nubes eran buenas o malas en tanto que habían tomado partido moral en favor o en contra de Sauron. Del mismo modo, para sus vehementes críticos, cualquier acción política del nuevo Gobierno, incluso las órdenes ministeriales de Fomento sobre el fraguado del hormigón, serán malas no por contradecir las ciegas leyes físicas de la materia, sino por proceder de Sánchez, lo cual no deja de ser un tanto chusco.

Al nuevo Gobierno habrá que juzgarlo por lo que haga y nada puede haber más consolador para el escéptico que constatar la destartalada decadencia con que todos los actores políticos llegan al inicio de la nueva legislatura: los socialistas lejos de las mayorías de Felipe González, contemplando con horror el inclemente hundimiento de su suelo; los podemitas, nostálgicos de las expectativas del remoto 2015, mustios y fragmentados; los populares, todavía atónitos, buscando entre los dedos los jirones de su antiguo poder; Ciudadanos, dudosos entre la momificación o la incineración; los nacionalistas catalanes, devorados por el odio fratricida y encadenados a un espejismo; el fulgor efímero y espectral de Vox, que como Pennywise en 'It', solo se alimenta del miedo ajeno… Gran oportunidad para fomentar el respeto a los distintos y la ética de la empatía y la compasión, lejos de cualquier arrogancia, hoy más injustificada que nunca.