03 jun 2020

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Tres meses de la sentencia del Supremo

Del estallido a la calma.

LEONARD BEARD

Del estallido a la calma

Emma Riverola

Después de unos días calientes, el Tsunami calló. Lo que tenía que ser un hito del posgandhismo, degeneró en vandalismo. Un tiro en el pie a la imagen impoluta y sonriente del 'procés'

El próximo martes hará tres meses de la sentencia del ‘procés’. La severidad de las condenas impactó en una sociedad convulsa. Durante unos días, Catalunya jugueteó con la violencia. Los adoquines volaron por los aires y las hogueras prendieron sobre el asfalto. Las portadas se tiñeron de rojo y negro. La ciudadanía, siguiendo la tónica de los últimos años, se dividió entre quienes contemplaban las llamas con inquietud y los que buscaban argumentos para justificarlas. Primero se apeló a la dureza de la sentencia y al derecho a la manifestación. Cuando la agresividad de las protestas se tornó indiscutible, se apostó por cargar la culpa a unos supuestos infiltrados. La mentira no aguantó la mínima comprobación. Al fin, se optó por poner el acento en la represión de la protesta y ahondar en la victimización. Y sí, seguro que hubo excesos policiales que deben denunciarse, pero no justifican el desvarío de unos encapuchados que convirtieron la ciudad en su particular terapia destructiva.

El lunes 14 de octubre marcó el inicio de una virulencia inusitada, pero hace apenas una semana las mismas calzadas que acogieron hogueras y correrías se poblaron de multitudes dedicadas a las compras navideñas. Las luces decorativas iluminaban el escenario, la cotidianeidad imprimía el ritmo de los pasos y en los móviles se acumulaban mensajes de buenos deseos. La calma y, cómo no, el consumismo desatado fueron el alma de las fiestas. ¿Dónde estaban los jovencísimos cachorros independentistas dispuestos a vivir su particular mayo del 68? ¿Y los CDR y su aliento revolucionario?

Acción desinflada

Más allá del puñado de irreductibles que siguen empecinados en cortar la Meridiana, las calles apenas mantienen la memoria de lo ocurrido. Solo el intento del Tsunami Democràtic de boicotear el clásico entre el Barça y el Real Madrid revivió el espíritu de la agitación. Pero la que se anunció como la gran acción reivindicativa se desinfló como un azucarillo y quedó reducida a la exhibición de carteles y al lanzamiento de balones amarillos. No así en el exterior del campo, donde la quema de contenedores y el enfrentamiento entre diferentes grupos volvieron a mostrar el rostro menos sonriente del independentismo.

Y, a todo esto, ¿qué ha pasado con el Tsunami? La fuerza del estallido promovida desde esta aplicación y la calma sobrevenida no deja demasiados resquicios a la duda. Todo estaba perfectamente organizado, tecnología y orquestación política para seguir manteniendo viva la llama del ‘procés’. Mientras que los CDR se ajustaban a la protesta convencional, Tsunami proponía acciones rápidas, contundentes, masivas, que pretendían tomar por sorpresa a las fuerzas policiales y llamar la atención del mundo. Espíritu de guerrilla, pero envuelto en ganchillo. Algo así como el “dos, tres… muchos Vietnam” del Che Guevara imbuido del espíritu de yincana de los ‘esplais’.

Convertir la independencia de Catalunya en una suerte de cruzada tiene sus riesgos

Aún se desconoce quién hay detrás de la aplicación. Si los restos del llamado ‘estado mayor del procés’, Waterloo, algún partido o entidad determinada o entusiastas voluntarios de la causa. Probablemente, un poco de todo. En cualquier caso, lo evidente es que, más allá de la organización de eventos, la plataforma sirvió para crear una valiosa base de datos de ciudadanos dispuestos a la movilización. Oro (márketing) puro para fidelizar a los adeptos y convertirlos en prescriptores. El lugar donde duermen los datos recogidos es una incógnita. También quién y para qué pueden llegar a utilizarse. No deja de ser relevante la facilidad con la que tantas personas creyeron en la honestidad de la aplicación y les confiaron sus señas personales. ¿Sorprende? No demasiado. Durante estos últimos años, los políticos del ‘procés’ han sabido generar una corriente de simpatía y confianza entre ellos y la ciudadanía sobrepasando el marco legal que rige esa relación.

De bruces con la realidad

Después de unos días calientes, el Tsunami calló. Quizá las investigaciones policiales tuvieron algo que ver. O, tal vez, se dieron de bruces con la realidad y fueron conscientes de algo obvio, cuando se invita masivamente (y anónimamente) a tomar la calle no se puede colgar el cartel de ‘Reservado el derecho de admisión’. Lo que tenía que ser un hito del posgandhismo, degeneró en vandalismo. Un tiro en el pie a la imagen impoluta y sonriente del ‘procés’. ¿Había virado el independentismo hacia la violencia? No. Simplemente, se había roto la imagen beatífica que algunos habían pretendido dar a un movimiento social masivo. Creer que se puede caldear el ambiente hasta hacerlo insoportable, deshumanizar al adversario y a España entera, convertir la independencia de Catalunya en una suerte de cruzada y hacer creer que la vida nos va en ello tiene sus riesgos. Lanzar un adoquín aún es poco para lo que cualquier fanatizado puede perpetrar. Eso sin contar a los espontáneos siempre dispuestos a saltar de hoguera en hoguera.

El Tsunami llegó y calló. Al menos por el momento. Y demostró que, sin mostrar el rostro, es posible movilizar a multitudes. Durante unos días, el independentismo fue, más que nunca, una causa de fe.