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ANÁLISIS

Bartomeu, sonriente de camino a Yeda (Arabia Saudí).

Arrimarse a los símbolos

Albert Guasch

El rostro de Ernesto Valverde parece a menudo el reflejo de una densa migraña. Vayan bien o mal las cosas, ese gesto adusto permanece, porque cara no hay más que una y tampoco pretende él impostarla con una interpretación actoral. Cuesta recordar otro entrenador al que se le reproche la expresividad. En este sentido, se le desvirtúa como el espejo del equipo cuando el juego desprende una imagen tristona. 

Viene a cuento esta introducción porque costará discernir en sus próximas apariciones públicas su malestar por los últimos movimientos de la directiva del Barça. El viaje indisimulado a Qatar de los dos hombres que envía habitualmente Josep Maria Bartomeu por el mundo cuando hay que fichar a alguien ha sido como el anuncio de que al técnico se le despeja la vía hacia el patíbulo. La hoja puede caer en cualquier momento.

El café con Xavi Hernández, con tanteo incluido en caso de necesidad de precipitar un despido, le habrá bajado pues amargo al Txingurri. Queda al descubierto que no solo son varios directivos, los habituales, a quienes les gustaría cambiarle inmediatamente la cara al banquillo, sino que el propio Bartomeu no descarta agarrar el mazo y triturar el vínculo si se pone nublado. Grau Abidal no se desplazan, no hacen ofertas, no sondean, sin el consentimiento presidencial a la par que vicepresidente deportivo. Y menos con Xavi.

El excentrocampista es una apuesta lógica en el manual de Bartomeu, inclinado en esta fase crepuscular de su mandato a arrimarse a los símbolos de la masa barcelonista. Se aproximó al entorno de Cruyff, se apropió de Abidal, abrió inicialmente los brazos a Valdés, buscó sin éxito a Puyol, ronda a Koeman y ahora trata de seducir a Xavi, laportista hasta el tuétano y a la vez cómplice del candidato Víctor Font. El valor de la experiencia no puntúa mientras se posea nombre, que es justo lo que sucede con varios de los mentados.

Sin fe

Valverde acumula ya experiencia en vaivenes. Pero siempre ha parecido contar con la coraza de Bartomeu. Le respaldó tras la crisis de Anfield pese a que el viento interno y externo soplaba en contra y podía darse por descontada su continuidad hasta concluir el curso. Ahora mismo ya puede pasar de todo. El viaje a Qatar ha agrietado la alianza. En cualquier caso, a nadie escapa que club y técnico han llegado al fondo de su relación. Debajo es seco, no hay agua. Valverde parece desfondado y el proyecto no da margen para un cuarto curso. 

La cuestión es si, con el pasapalabra probable de Xavi, se buscará otra alternativa o se continuará con Valverde. Romper con entrenadores a media temporada no forma parte del estilo de Bartomeu pero ahora se le ha debilitado públicamente, se le ha desenchufado el aliento justo cuando el equipo dio señales de recobrar el pulso pese a la derrota y se le ha perdido la fe. Cuesta pensar que pueda seguir hasta junio así. El temor a un año en blanco agria la cara a cualquiera.