EL LABERINTO CATALÁN

El motor de la decepción

Está en manos de Sánchez e Iglesias desmentir o dar la razón a sus filiales catalanas cuando decían que todo era culpa del PP

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El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en la Moncloa.

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en la Moncloa. / DAVID CASTRO

Hay una creencia bastante generalizada que dice que el independentismo catalán crece cuando en España gobierna el Partido Popular. Según este punto de vista, las formas agresivas de la derecha española, su falta de tolerancia con la diversidad lingüística y cultural y su insensibilidad con las reivindicaciones territoriales han sido la leña necesaria para encender un fuego que podría no haber prendido. 

La otra cara de la moneda sería un Gobierno de la izquierda española, que debería servir para apaciguar el incendio y que debería conllevar que muchos miles de catalanes dejaran de ver la consecución de un Estado independiente como un horizonte plausible. El problema no sería España en sí, sino una de las dos Españas. En este credo han basado buena parte de su argumentario el PSC y los 'comuns' durante estos últimos años. Otra España diferente, la España fraternal, abierta y tolerante, acabaría definitivamente con el deseo pasajero de modificar los equilibrios de la soberanía y las líneas de los mapas.

En este relato hay algo que falla: es de la gestión de la reforma estatutaria del 2006 de la que surgió, para muchos, la convicción de que la vía autonómica ya no tenía más recorrido. El entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, había anunciado previamente su apoyo incondicional al texto que se aprobara en el Parlamento de Catalunya. Sabemos que esto no se cumplió, aunque hay que recordar que contó con la colaboración necesaria de la CiU de Artur Mas para poder recortarlo.

En el actual escenario, en el que Pedro Sánchez ha sido investido gracias a un acuerdo por la abstención con ERC y gracias a los equilibrios con muchas otras formaciones independentistas y autodeterministas, podríamos pensar que ahora sí va en serio. Un Gobierno de coalición con una formación que ha reconocido abiertamente la existencia de presos políticos parece que no debería permitir que bajo su jurisdicción se continúen produciendo semejantes abusos. Asimismo, una mesa de negociación que debe culminar con el sufragio de los ciudadanos de Catalunya debería canalizar la cuestión hacia el lugar del que no debería haber salido: el de la política y el de las urnas.

La retórica

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No hay que tener mucha memoria para pensar que es muy posible que el acuerdo acabe incumpliéndose tarde o temprano. Cuando Sánchez salió triunfante de la moción de censura a Mariano Rajoy con los mismos apoyos que tiene ahora, hacía un discurso muy parecido al que se ve obligado a hacer hoy. Eran tiempos de negociaciones en Pedralbes y de afán por rescatar barcos de refugiados. Pocos meses después utilizaba una retórica completamente opuesta en materia social y nacional.

Es por eso que Gabriel Rufián ha hablado de "dar la oportunidad a la izquierda española de decepcionar una vez más". Está en las manos de Sánchez y de Pablo Iglesias desmentirle o darle la razón, no solo a él, sino a sus filiales catalanas cuando decían que todo era culpa del PP.