23 sep 2020

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Al contrataque

El rey  Juan Carlos conversa sonriente con los expresidentes del Gobierno, Adolfo Suárez y Felipe González, durante la  sesión de apertura de la VI Legislatura en el Congreso de los Diputados, en 1996.

MANUEL H. DE LEON (EFE)

El Suárez que daba la cara

Antonio Franco

Adolfo Suárez I tuvo muchísimo trabajo y a la vista está que no pudo transmitirle a Adolfo Suárez II todas sus virtudes, entre ellas la de creer que al futuro se va de cara y no de espaldas

En la investidura tuvimos de todo. El espíritu democrático español es tan frágil y poco desarrollado que cuando se pone a prueba los resultados son frecuentemente desalentadores. Pasan los años pero la derecha es tan soberbia y posesiva de España como cuando enterramos por primera vez al dictador. Se lo dijeron muy bien en el Congreso: cuando no manda se desmanda. Practica con naturalidad la mentira, la exageración y la simplificación a causa de sus ganas de hacer daño y dejar la tierra quemada para que ya que si no va a gobernar ella en la medida de lo posible no pueda gobernar nadie. 

Esta semana me han dejado marcado dos cosas. La primera, el miedo generalizado a que se pudiese volver a hacer trampa, como cuando el 'tamayazo', con impunidad y a plena luz. No solo se ha intentado sino que los ultras se han exhibido haciéndolo. Los gritos de Inés Arrimadas pidiendo que alguien cometiese traición a los electores quedan para nuestra historia.

Pero todavía me ha sabido peor ha sido ese retrato viviente de la involución española que ha protagonizado un don nadie que se llama Adolfo Suárez II, hijo de una persona que sí que fue alguien. Su padre, un franquista, en su momento supo estar a la altura de lo que necesitaba el país. Una generación más tarde su hijo no solo carece de lo necesario para seguir en esa senda sino que encarna incluso la involución hacia lo que dejó de ser aquel respetable Adolfo Suárez I.

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Aun careciendo de biografía propia destacada (parece más brillante en la caza y el toreo que en la política), el nuevo Adolfo ha sido primado por la derecha para hacer una gran carrera utilizando la suerte de su nombre y apellido, aunque su talla de momento solo le ha llevado a la secretaría tercera o cuarta de la Mesa del Congreso después de que fallase su lanzamiento en paracaídas para que alcanzase la presidencia de Castilla-La Mancha. Pablo Casado luego le situó como número dos en las listas de Madrid para el Congreso, pero una vez tuvo el escaño una mentirijilla pública infantil sobre el aborto en Nueva York (sostuvo que allí se aplica con recién nacidos) aconsejó relegarle.

En la investidura se propuso  brillar. Tuvo la ocurrencia de darle ostentosamente la espalda a Bildu cuando esta formación -que ha pasado de defender la lucha armada a la práctica democrática- hizo uso de su voz parlamentaria. Más allá de que un secretario de la cámara no está precisamente en ese cargo para despreciar a nadie, él olvidó que su padre fue grande en la Transición entre otras cosas por no darle la espalda a Santiago Carrillo, gesto que hizo posible la reconciliación nacional y luego el consenso de la Constitución. Adolfo Suárez I tuvo muchísimo trabajo y a la vista está que no pudo transmitirle a Adolfo Suárez II todas sus virtudes, entre ellas la de creer que al futuro se va de cara y no de espaldas.