26 feb 2020

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Investidura en el Congreso

Emotivo aplauso a la diputada del grupo de Unidas Podemos Aina Vidal.

ZLM

El factor humano

Mar Calpena

En pocas sesiones las circunstancias personales de algunos parlamentarios habían tenido tanto peso en el debate público, y, en pocas el factor humano había retratado tanto a tantos

Lo que es personal es político, reza una vieja máxima del feminismo, atribuida a Carol Hanisch. Una idea que planeó sobre el progreso de toda la sesión de investidura, más allá de una lectura de género original. En pocas sesiones de las Cortes las circunstancias personales de algunos parlamentarios habían tenido tanto peso en el debate público, y, en pocas el factor humano había retratado tanto a tantos. Se dice también que el verdadero temperamento de cada persona se conoce en los momentos de adversidad; si esto es así pocas cosas buenas pueden decirse del carácter de Inés Arrimadas o Adolfo Suárez Yllana (no digamos ya del de Santiago Abascal). Necios, clasistas, maleducados y estériles en su papel institucional, comportándose como si el poder fuera su cortijo (lo que no deja de ser irónico, al pertenecer a formaciones que siguen siendo minoritarias o no haber accedido a él personalmente, como en el caso de Casado).

Por muchas citas a Azaña que se hicieran -por cierto, otro día podemos hablar de la capacidad de nuestros políticos de citar no con el fin de ilustrar nada sino para afectar cultura- lo cierto es que la crispación que se vio en el Congreso no se debe tanto a la confrontación entre proyectos políticos sino al interés por deslegitimar a uno muy concreto, el de la coalición de Gobierno. Una deslegitimación que cobra carices de insumisión (“golpe de Estado contra la democracia”) de intimidación (como la que sufrió el diputado de Teruel Existe, que tuvo que dormir en paradero secreto) o de desidia (“me importa un comino la gobernabilidad de España”, profirió una Montserrat Bassa cuya postura puede ser aceptable en un ciudadano privado, pero que en el caso de un parlamentario denota sectarismo y falta de empatía, de no ser porque en este caso la abstención de ERC indicaba que se trataba más de una perorata para consumo propio que de una verdadera invectiva contra el Estado).

Pero esta falta de amor por aquellos que teóricamente se afirma servir por encima de todo, no nos engañemos, no es como decía otrora Podemos un problema de “casta”. Los políticos no son distintos de la sociedad que los elige, sino un fruto y un síntoma de ella. El espectáculo de la sesión de investidura se entiende en una España donde se invoca con demasiada alegría el espectro del 36, y en la que las opciones de regeneración y encuentro han pasado a convertirse en sorpresas reseñables, como en el caso de los discursos de Aitor Esteban y Oskar Matute, nada sospechosos de estar alineados con el Gobierno de PSOE y UP, pero precisamente por ello convirtiendo el contraste con otros grupos en aún más demoledor.

Pero si la peor cara de la sociedad española se vio en los intentos de desgaste de unos cuantos, quedémonos también con la otra cara de la política y del ser humano, la de Aina Vidal, quien convirtió el obstáculo en el camino y cumplió con el compromiso hacia su votantes obligándose a ir a votar a pesar a su grave enfermedad. A ella, y a quienes comparten su grandeza: gracias.