08 abr 2020

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LA CLAVE

Rufián, de espaldas, con Sánchez, Calvo y Delgado en la primera sesión del debate de investidura, el 4 de enero.

DAVID CASTRO

Ecos de la guerra fría

Luis Mauri

La digestión del pacto PSOE-ERC será difícil pero no necesariamente imposible. La desconfianza mutua y el riesgo de autolesión son elevadísimos. Pero la principal garantía del acuerdo es la destrucción mutua asegurada.

El estruendo es ciclópeo. El fin del mundo llega tres veces cada día. Mañana, tarde y noche. La matraca apocalíptica enloquece los sentidos y congestiona la razón, pero por más que atruenen las trompetas, por más que se desgañiten los heraldos de la falsedad, el mundo no se ha acabado. Sigue girando. Y bajo la barahúnda colérica asoman algunos hechos insoslayables: históricos ya.

El Gobierno ha sido desbloqueado tras más de 250 días de interinidad. Dos elecciones generales y muchos errores después, Sánchez presidirá el primer ejecutivo de coalición de la restauración democrática. La alianza liga a toda la izquierda española y alumbra el programa con mayor acento social y feminista de los últimos 40 años. La coalición progresista llega al Gobierno con el apoyo activo de la burguesía nacionalista vasca y el sostén pasivo del segmento del independentismo catalán que ha aceptado la inviabilidad del carril unilateral después del fiasco del 2017.

Desconfianza y autolesión

El desbloqueo del Gobierno, sin embargo, no garantiza su estabilidad. Lo más difícil está por llegar. Mantener el pulso y el timón de un ejecutivo que se fundamenta en una mayoría tan precaria e inestable se antoja una tarea improbable, aunque no necesariamente imposible. El respaldo de ERC al PSOE va a ser de difícil digestión para ambos. La desconfianza es grande y mutua. Las posibilidades de autolesión, también.

Además de a sus dirigentes encarcelados, Esquerra se debe a la guerra que libra con la posconvergencia de Puigdemont  por la hegemonía en el nacionalismo. En esta pugna, el arma más letal es la acusación de traición. Nada de todo esto es ajeno a desplantes como el "me importa un comino" de la diputada republicana Bassa. La digestión será difícil, y la principal garantía del pacto trae el eco disuasorio de la guerra fría del siglo XX. Dejar caer la coalición de izquierdas y precipitar nuevas elecciones podría conducir a una mayoría de derechas con el acento ultra y guerracivilista exhibido en el Congreso. La izquierda española perdería el Gobierno. El independentismo, la legalidad. Y Catalunya, buena parte de su autogobierno. La destrucción mutua asegurada.