24 feb 2020

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Análisis

Pedro Sánchez posa en el Congreso tras ser elegido presidente de Gobierno.

DAVID CASTRO

Un día histórico e histérico

Javier Aroca

Que haya un Gobierno de coalición progresista debería ser solo un hito, no algo histórico, como la oposición de derechas no debería de haber mostrado la faz más histérica de su perfil ultraderechista

Ha sido un día histórico pero no debería haberlo sido porque la normalidad debería estar en el sentir común de los demócratas. Un sentir común y estar democrático que acepta que la candidatura que ganó las elecciones gobierne y que la mayoría parlamentaria, en el respeto a la voluntad popular expresada libremente en unas elecciones, pueda determinar ese Gobierno. No, no debiera merecer tan rimbombante calificativo.

Pero en esas estamos, después de décadas de presumir por el mundo mostrándonos como ejemplo de democracia, de sensatez, de innovación descentralizadora, resulta que la derecha surge, como la espuma que asoma cuando hacemos caldo del puchero, como la más reaccionaria de cuantas hubo desde la Transición.

No es solo que las conductas parlamentarias hayan superado la violencia verbal asumible en todo debate, es que se han superado todos los límites, llegando al gamberrismo institucional. Pero, ¿por qué? Las razones esgrimidas por los contrarios a la coalición progresista no han podido sustentarse en argumentos sólidos para su comprensibilidad.  Ni el diálogo abierto con fuerzas soberanistas, independentistas, ni los supuestos ataques a la jefatura del Estado, ni el pecado hereditario atribuido a los soberanistas vascos, son suficientes para tapar un temor visceral a que gobierne en el Estado español una coalición progresista que en su tímido programa, en todo caso, anuncia mejoras para los más desfavorecidos y esfuerzos no imposibles para los más favorecidos de siempre.

La oposición ha sido virulenta, excede lo comprensible. La movilización de las derechas no ha tenido reparo en comprometer a la jefatura del Estado, el derecho a la inmunidad de los  parlamentarios mediante coacciones, ha recurrido al filibusterismo institucional, en alianza con poderosos lobis del statu quo conservador español, incluso con la cúpula más integrista de la Iglesia católica;  con la colaboración del  brigadismo de trincheras y púlpitos mediáticos, lanzados en un golpismo verbal hasta límites insólitos.

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Para el nuevo Gobierno no va a ser fácil. Tendrán que hacerlo incluso mejor de lo que razonablemente cabría exigir a cualquiera otro. El propio Pablo Iglesias le ha pedido contención y templanza a su presidente, ante la previsible acometida de una derecha que ni asume su derrota ni se da por aludida por su rupestre actuación. 

Las cosas ya no serán igual. La derecha, ni moderada ni europea, ha sucumbido a la presión de la extrema derecha de manera tal que se hacen indistinguibles. El PP hará una oposición dura pero no la que necesita todo Gobierno para mejorar, como decía Benjamin Disraeli, sino para justificarse en su extremismo y rabia por sus repetidos fracasos. Además, tendrá que enfrentarse,  a la vez , a una extrema derecha que ha encontrado la entrada en el sistema por los desvaríos y falta de cultura democrática de la derecha establecida.

Que haya un Gobierno de coalición progresista debería ser solo un hito, no algo histórico, como la oposición de derechas no debería de haber mostrado la faz más histérica de su perfil ultraderechista.