23 feb 2020

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editorial

La investidura de la crispación

El cambio de estrategia respecto a Catalunya es esperanzador pero la reacción de la derecha, preocupante

Pedro Sánchez, durante la sesión de investidura.

Pedro Sánchez, durante la sesión de investidura. / EFE / JUAN CARLOS HIDALGO

Entre nubarrones de tormenta política, el Congreso de los Diputados vivió ayer probablemente la sesión de investidura más crispada desde la restauración de la democracia. Confirmado que Pedro Sánchez será investido presidente en segunda votación con la abstención de ERC, el duelo dialéctico entre el candidato y el resto de líderes político fue muy tenso y poco edificante. Con la crisis catalana en el epicentro, los discursos de los líderes de la derecha (Pablo Casado, Santiago Abascal e Inés Arrimadas) no solo estuvieron plagados de insultos sino que coquetearon con planteamientos muy poco democráticos, como discutir la legitimidad de los acuerdos de coalición (PSOE y Unidas Podemos) y de investidura (la abstención de ERC). Como todo pacto político, estos acuerdos pueden ser criticados y discutidos, pero son impecablemente legítimos como resultado de la geometría parlamentaria fruto del resultado de las elecciones del pasado 10 de noviembre. Un hecho que la derecha, escorada hacia el extremismo a causa de la irrupción de Vox, obvia de forma desleal.

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Poco se habló en el debate del programa de Gobierno presentado por Sánchez, un hecho de por sí ya significativo. Sánchez desgranó su acuerdo con Unidas Podemos, un pacto de claro talante progresista rico en propuestas sociales (desde reforzar las becas a una ley de la eutanasia, pasando por una nueva norma educativa y la lucha contra la emergencia climática) que buscó tranquilizar a quienes dentro del país (sectores empresariales) y fuera (Bruselas) pudieran sentirse intranquilos por la entrada de los morados en el Ejecutivo.

En materia económica, nada de lo anunciado por Sánchez se escapa de la ortodoxia comunitaria, aunque está por ver cómo se concretan las propuestas en la esfera laboral y fiscal. El mensaje respecto a Catalunya fue el esperado: apostar por llevar el conflicto a la vía política después de años de judicialización que, junto a la deriva unilateral del independentismo, han llevado a Catalunya a un callejón sin salida y a una gravísima crisis institucional. Devolver el conflicto al ámbito político, de donde no debería haber salido, es tan solo un punto de partida de un camino incierto y difícil, pero es un bienvenido cambio de estrategia. Por eso es desmoralizador escuchar a Casado amenazar con recurrir de forma continua a los tribunales para frenar cualquier avance político. Utilizar la justicia como la continuación de la política por otros medios, sobre todo cuando se está en minoría parlamentaria, es un acto de enorme irresponsabilidad que ya ha mostrado su esterilidad.

Vivimos una nueva consecuencia de ello, a cuenta de la dudosa decisión de la JEC de inhabilitar al ‘president’ de la Generalitat, Quim Torra, interfiriendo en una decisión que debería haber tomado el Tribunal Supremo (TS). El Parlament, con los votos de los partidos independentistas, censuró ayer la decisión de la JEC y le dio un precioso oxígeno político a Torra. Atrapada en las sesiones de Madrid y Barcelona, ERC capeó el temporal y decidió que mantendrá la abstención gracias a la cual Sánchez será investido. Pero la admonición de Casado a Sánchez resuena: «Haremos todo lo posible para que su aventura no prospere». La legislatura nacerá marcada por la crispación.