26 feb 2020

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análisis

El guía supremo, el ayatolá Alí Jamenei, junto a un familiar del general Qasim Soleimani este viernes.

AFP

Estados Unidos versus Irán

Ignacio Álvarez-Ossorio

La desaparición de Suleimani es el último eslabón de una cadena de errores que no sólo no resolverá el caos en el que se haya sumido Irak, sino que probablemente encenderá nuevos fuegos

Donald Trump ha iniciado el nuevo año entrando como un elefante en una cacharrería. El asesinato de Qasem Soleimani, uno de los hombres fuertes del régimen iraní, y de varios responsables de las Fuerzas de Movilización Popular iraquís en Bagdad representa un salto cualitativo en la política exterior de la Administración de Trump hacia la región, que se caracteriza por el apoyo sin fisuras a Israel y la hostilidad visceral hacia Irán.

En los últimos años, el máximo responsable de las fuerzas Al-Quds, la unidad de élite de la poderosa Guardia Revolucionaria iraní responsable de sus acciones en el exterior, estableció una doctrina militar basada en la necesidad de que Irán dispusiese de una ‘profundidad estratégica’ en ciertos países del entorno, donde se establecieron milicias armadas afines que fueron adecuadamente instrumentalizadas para reforzar la proyección regional iraní.

En Siria, el comandante Soleimani movilizó a una suerte de brigadas internacionales chiís integradas por 50.000 efectivos provenientes de Líbano, Irak, Irán, Pakistán y Afganistán, cuya participación fue decisiva para mantener en el poder al presidente Bashar Al-Asad. En Irak, estas fuerzas paramilitares chiís intervinieron activamente en el conflicto sectario que se desató a partir de 2005 durante la presidencia de Nuri al-Maliki, pero también fueron claves en la derrota militar del grupo salafista yihadista Estado Islámico.

Problemas domésticos

La pregunta del millón es por qué Suleimani ha sido eliminado ahora y no antes. El presidente Trump podría haber subestimado al régimen teocrático al considerar que sus problemas domésticos le impedirán dar una respuesta que esté a la altura de las circunstancias. Un argumento que reforzaría esta hipótesis es que el Gobierno iraní atraviesa uno de sus momentos más delicados, ya que la restauración de las sanciones económicas por parte de Estados Unidos ha llevado a la economía iraní al borde del colapso. La subida del precio del petróleo el pasado noviembre desencadenó una masiva ola de protestas por todo el país que sólo pudo ser sofocada mediante una brutal represión que dejó tres centenares de muertos.

De lo que no cabe duda es que el ataque de ayer no contribuirá a apaciguar los problemas de Oriente Próximo. Desde la ocupación estadounidense de el 2003, Irak ha sufrido un interminable descenso a los infiernos caracterizado por la destrucción de sus infraestructuras, la intensificación de la violencia sectaria, la irrupción de los movimientos yihadistas (Al Qaeda en Mesopotamia primero y después del Estado Islámico) y, resultado de todo lo anterior, el éxodo de una tercera parte de su población convertida en desplazada interna o refugiada en los países del entorno.

La desaparición de Suleimani es el último eslabón de una cadena de errores que no sólo no resolverá el caos en el que se halla sumido Irak, sino que probablemente encenderá nuevos fuegos y rearmará argumentalmente a sus elementos más radicales de cara a las futuras batallas que nos esperan.