22 feb 2020

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El jefe de la SS, Heinrich Himmler, en una parada militar en 1938.

El silencio cómplice

Olga Merino

Uno de los aspectos más aterradores del nazismo fue la pasmosa facilidad del contagio, los minúsculos actos de cobardía que ayudaron a crear las condiciones necesarias para que el Tercer Reich perpetrara sus crímenes

Asistí por los pelos a la última función de ‘L’amic retrobat’, y me alegré muchísimo al descubrir que el TNC había ofrecido sesiones matinales entre semana para las escuelas, ahora, en estos tiempos de ultraderecha rampante, que tan necesaria resulta la pedagogía. Magnífica y muy fiel la adaptación, a cargo de Josep Maria Miró, de la novela original (‘Reencuentro’, en castellano) de Fred Ulhman, cuyo nudo dramático se centra en la amistad que traban dos adolescentes en una escuela de la Alemania de entreguerras: Hans, un judío de clase media, y Konradin, un aristócrata descendiente de uno de los linajes más antiguos de Suabia. El ascenso del nazismo cae sobre el vínculo como un hachazo. Y mientras las nubes van oscureciendo despacio el horizonte, el mismo padre de Hans, el chico judío, quita hierro al vendaval diciendo que el “sarampión” pasará apenas mejore la situación económica. “¿Usted piensa realmente que los compatriotas de Goethe y Schiller, de Kant y Beethoven, se dejarán engatusar por esa bazofia?”. Vaya si lo hicieron.

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Uno de los aspectos más aterradores del nazismo fue precisamente la pasmosa facilidad del contagio, las pequeñas cegueras, los minúsculos actos de cobardía que ayudaron a crear las condiciones necesarias para que el Tercer Reich perpetrara sus crímenes. La banalidad del mal. La indiferencia. El silencio cómplice. La pasividad de los ‘mitläufer’ (“los que se dejan llevar por la corriente”), el grueso de la población que, por apatía u oportunismo, fue cómplice de Hitler (o de Franco aquí). He aprendido la palabra leyendo las reseñas recientes de un ensayo que ya he pedido a los Reyes Magos: ‘Los amnésicos’ (Tusquets), de Géraldine Schwarz, cuyos cuatro abuelos fueron precisamente eso, ‘mitläufer’. El abuelo paterno, afiliado al partido nazi por comodidad, pudo comprar a precio de ganga un pequeño negocio petrolífero a un judío que acabó asesinado en Auschwitz. Probablemente, el hombre no hizo nada extraño que no se estuviera perpetrando en aquel tiempo en que muchos judíos malvendían a toda prisa su patrimonio para poderse sufragar el exilio. Es más fácil dejarse llevar por la corriente que partirse los pulmones nadando.

En el teatro, hacia el final de la obra, se hizo un silencio de hielo, de esos que no logra interrumpir ni un atisbo de tos, cuando Hans, ya adulto y con una vida confortable en Nueva York, confiesa: “Todos, sin excepción, somos unos fracasados”. Dejamos de pelear, de luchar por lo que queremos, por nuestros sueños, debido al cansancio, porque la muerte debilita nuestra confianza en la vida y convierte cualquier esfuerzo en fútil. Pero precisamente por eso, porque somos aves de paso, deberíamos persistir en los empeños individuales y en la gran lección de la historia: sin memoria no hay democracia.