06 abr 2020

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La minoría étnica más antigua de Europa

No diga diversidad, diga 'ververipen'

MONRA

No diga diversidad, diga 'ververipen'

Silvia Cruz Lapeña

Ser gitano no es un valle de lágrimas y barbarie, aunque esas sean las historias que más llaman la atención al otro lado

"La diversidad es riqueza”. Lo habrá leído en muchos sitios: periódicos, libros, manifiestos, también en alguna pancarta, pero en el fondo, no quiere decir nada. La diversidad es y ya, lo que enriquece es convivir, preguntar y discutir, –no vale polemizar sin más– con alguien con quien se tienen pocas cosas en común o una idea muy distinta de cómo gestionar la existencia. Si no es así, la diversidad es como una flor de tela en el ojal, que luce mucho y no huele a nada. Así la usan algunas empresas en sus planes de responsabilidad social corporativa: colgándola como una medalla o como un disfraz que calma la conciencia y brilla en el escaparate, en alguna camiseta y en las redes sociales. 

No es distinto lo que hacen las cadenas de televisión que en sus informativos hablan de diversidad funcional, sexual, afectiva o racial para después, y en 'prime time', emitir 'Los Gipsy Kings', un 'reality' que es, en realidad, una ficción construida sobre una imagen de los calés tan de retal como la que de los indios nos dieron muchas películas del Oeste. 

Por bulos y chascarrillos

Algo así pasa en los ayuntamientos. “Diversidad cultural: conoce a tus nuevos vecinos”, dicen, con variantes, los programas de convivencia y no es que sea mala idea, es que choca, teniendo los españoles unos vecinos españoles de hace 500 años a los que muchos solo conocen por bulos y chascarrillos. Si algún político cree que eso no tiene un coste, que se retire: una sociedad que ha limitado a la violencia, la caridad y la condescendencia su relación con la minoría étnica más antigua y numerosa de España y Europa no está en disposición de convivir con ningún vecino nuevo y por eso esas políticas, más que galón o adorno en la solapa, parecen parches.

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La diversidad es más fácil si el otro no se parece en nada o vive lejos. ¿O no es para analizar que los medios dediquen más espacio al Black Lives Matter –movimiento que denuncia la violencia policial y la desigualdad racial en el sistema judicial de EEUU– que al antigitanismo en España o al hecho de que Bulgaria, siguiendo los pasos de Hungría, esté reformando las leyes para limitar los embarazos de las gitanas? “La diversidad romaní se llama 'ververipen'”, me contó Demetrio Gómez, pero aún suena mejor a distancia y en inglés. Eso, o la teoría periodística del kilómetro sentimental –una información suscita más interés cuanto más cerca del lector ocurre– se deja de aplicar cuando la culpa está extendida y es colectiva.

Por eso, propongo acercarse. Al hacerlo, verá que esto funciona con el mecanismo del enamoramiento: si usted observa de lejos, sin mojarse, lo único que logrará es prendarse de una idea del amor, nunca de nadie. De cerca, conociendo sus miedos, sus fallas y sus virtudes, el otro se vuelve único. Y visto así, y no como un colectivo al que se golpea con impunidad, decida usted si ama o detesta a Miguel, a Manuela o a Reyes, pero no a los gitanos en su conjunto.

Variedad de testimonios

Por orígenes, oficio y curiosidad conozco a muchos. Entre ellos, bastantes artistas, un exdiputado, dos concejalas, varios vendedores ambulantes, una economista, amas de casa y una pianista. ¿Tienen algo en común? Sí, un punto de partida, unas tradiciones que unos rompen y otros sacralizan, pero casi todos las han adaptado a su forma de ser, temer y ambicionar, distintas en cada caso. En resumen, hacen lo que hacemos todos con lo heredado: respetar lo que nos representa, cambiar lo que no nos sirve. Y no siempre sacrifican algo vital porque ser gitano no es un valle de lágrimas y barbarie, aunque esas sean las historias que más llaman la atención al otro lado. Por eso, si llegados a este punto argumental, alguien aún tiene en la punta de la lengua “¿qué me dices del pañuelo?”, es que no ha entendido nada.

Para remediarlo, además de voz, los calés piden que haya en el debate público variedad de testimonios. Lo exigen con razón, pero entiendo a aquella mujer importante que durante una entrevista me pidió hasta tres veces –eso es rogar–  que no desvelara la raza de su padre. Si alguien sabe de esto es Ostalinda Maya, al frente de la los abogados gitanos de Europa, que no puede dar el dato de cuántos ejercen en el continente porque muchos no quieren identificarse. Ella no los juzga y nadie debería pues ese ocultamiento es voluntario solo en parte. No reniegan de su gente, sino del estigma, y es paradójico que en la era de las identidades a flor de piel, donde contarlas y reivindicarlas es parte de la cura, haya quien tenga que hacer de su raza un sayo para ocultarse.