20 feb 2020

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El irracional ánimo de venganza

Machismo y presunción de inocencia

LEONARD BEARD

Machismo y presunción de inocencia

Jordi Nieva-Fenoll

La sociedad de cualquier época padece un fenomenal prejuicio comunitario de culpabilidad

Siempre me han producido muchísimo rechazo las personas de mi sexo que son machistas, y debo asumir que son muchas, tal vez la mayoría. Consideran a la mujer un ser inferior a su servicio, lo que se patentiza de manera especialmente salvaje en las conversaciones cotidianas privadas en las que, en lo que al sexo se refiere, la mujer es un simple objeto. Quizás por mimetismo he detectado también conversaciones similares entre mujeres referidas a los hombres, pero la diferencia esencial es que no poseen el trasfondo de “ejercicio de un derecho” que tienen las de tantos hombres. No es extraño que los autores de las agresiones sexuales sean casi exclusivamente hombres. No es ningún dato feminista. Es un atavismo muy real.

Que hay que combatir ese atavismo es evidente. Se está haciendo, aunque en el plano social todavía de manera insuficiente porque se siguen escuchando las mismas bromas que antes, y se observan buena parte de las actitudes del pasado. De hecho, el lamentable espectáculo que estamos viviendo estos días a costa del caso de los jugadores del Arandina es bien expresivo de lo que digo. Un nuevo partido pone en cuestión las políticas feministas de los últimos años, y para conseguirlo no les importa que la víctima de una posible agresión sexual pueda sufrir una presión psicológica insoportable, defendiendo que lo que ocurrió fue una simple orgía consentida, comportamiento que probablemente esté radicalmente en contra de sus propias convicciones morales. Todo ello es bien indicativo de la triste vigencia de todo lo que decía en el párrafo anterior.

La aplicación del Código Penal

Sin embargo, igual que las guerras hay que evitarlas siempre, y si no se pueden evitar no hay que usar armas que nos puedan destruir a todos, existe una herramienta que reiteradamente se ha revelado que no es apta para reconducir tendencias sociales. Me refiero al proceso penal. Es increíble que tantas personas sigan pensando que los castigos del Código Penal aplicados en el proceso corrigen esas tendencias, pero está más que demostrado que la mano dura, salvo que aniquile por completo, no sirve para nada. Se deja de robar cuando mejoran las condiciones económicas de toda la sociedad. Se abandona la corrupción cuando la sociedad es consciente del daño sistémico que provoca aprovecharse de un cargo público. Se deja atrás el homicidio cuando todos son conscientes de que inicia una espiral de violencia que acaba por perjudicar a todos. Y se acaba con las agresiones sexuales cuando nadie se cree con “derecho” a tener sexo sobre la voluntad de los demás. Pero todo ello se consigue con la formación, en las escuelas y con campañas informativas, papel que ocupó la religión durante muchísimo tiempo pero que ahora tienen que asumir los Estados desde la premisa básica del respeto esencial a la libertad.

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No se puede utilizar, sin embargo, el proceso penal a esos fines educativos. Los autores potenciales no temen las penas, por osadía o por inconsciencia, pero no las temen. La mayoría se deja guiar por sus instintos, y esos no se corrigen con el proceso penal, que por cierto tampoco sirve para imponer un castigo, sino para determinar la realidad de los hechos tras la cual el Estado puede decidir imponer un castigo, lo que es muy distinto. No existe un derecho social al castigo, y por eso, por ejemplo, existe el indulto.

La sentencia de Ulpiano

Y también por eso mismo existe la presunción de inocencia. La sociedad de todas las épocas padece un fenomenal prejuicio social de culpabilidad. Se sospecha por sistema, y se culpabiliza por defecto. Y justamente para luchar contra esa tendencia, también atávica, dijo Ulpiano hace casi 2.000 años que era preferible que se escapara un criminal a condenar a un inocente. Aún más claramente, dijo también que no se podía condenar por sospechas, sino por certezas, lo que lleva a la conclusión de que si en un proceso penal existe al menos una hipótesis razonable de inocencia, hay que absolver, por muy razonable que sea la hipótesis de culpabilidad.

Eso tan básico no se está respetando en demasiados casos que erizan la piel de la sociedad, probablemente porque algunos jueces tienen miedo o, aún peor, comparten el irracional ánimo de venganza de una parte de la sociedad. Hay que hacer pedagogía periodística para explicar lo que es y supone la presunción de inocencia, igual que tiene que mejorar mucho la educación sexual de varios países para que tantos adolescentes dejen de pensar que la ficción pornográfica que ven en internet es un ejemplo a seguir. Y todo eso no se consigue utilizando el proceso penal como un patíbulo.