30 sep 2020

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El final de una relación

El divorcio es cosa de valientes

MARÍA TITOS

El divorcio es cosa de valientes

Ana Bernal-Triviño

Hay que ser muy fuerte para mirar a tu pareja a la cara y decirle que se acabó, porque conlleva un cambio de vida

"El divorcio no es un fracaso. Fracaso es fingir que eres feliz en una relación donde no quieres estar". Hace poco leí en redes este mensaje y lo guardé. Lo que antes me parecía uno de los grandes dramas o traiciones, el divorcio, ahora creo que empiezo a entenderlo. Y no es fácil. Primero porque el amor romántico nos impide romper sin cargar con kilos de culpa. Segundo, no nos enseñaron a separarnos, con papeles o sin ellos. 

De eso trata 'Historia de un matrimonio' (Netflix). He aprendido bastante de esta película porque su punto de partida no es la separación (de Nicole y Charlie) por un hecho traumático como, por ejemplo, maltrato. No hay nada grave detrás, sino cuando ves delante de tus narices cómo se descompone el amor, igual que el castillo de arena se destroza ante la llegada de una ola. Demuestra el por qué empezamos las relaciones, a pesar de que podamos intuir que no es el mejor punto de partida. Dice Nicole: “La conversación era mejor que el sexo. Aunque el sexo era como una conversación. Ya sabes, en una relación todo eso se parece. Todos los problemas estaban ahí desde el principio. Solamente me incorporé a su vida porque era una pasada volver a sentirme viva”. 

Vender una imagen en redes sociales

Algunas personas me confiesan que no piensan ver la película porque temen verse reflejadas en ella. Sobre todo quienes se obsesionan por mantener las apariencias en su entorno, 'parejas márketing' que venden una imagen en redes sociales. Claro que un divorcio no es fácil. Es romperse ante la pregunta de cómo estás, mantener el tipo, averiguar dónde está tu hogar, las fotos del pasado, no quitarse el anillo, las lágrimas en silencio, recordar los detalles que te gustaron de esa persona pero admitir que no hay nada sólido para continuar... Todo cambia. Donde antes había horas, que parecían minutos, de conversación trepidante y emoción, ahora no se sabe cómo sostener una charla más allá de unos monosílabos o que, al menos, empiece sin forzar. Todo se desploma. Aquellas "cosas que hablamos", los planes que dejan de serlo y las metas que se esfuman. La palabra no vale nada y todo pasa a ser suposiciones. Pero, ¿eso es el fin del mundo? Debemos aprender que no.

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Supongo que cuando todo está roto, se mantiene la convivencia como una zona de confort, por el no arriesgar, el miedo a mirar el precipicio y no querer saltar, el vendarse los ojos ante la realidad. En esos momentos puede aparecer la figura del/la amante. Una amiga me dijo que las amantes permitían que el matrimonio continuara, cubriendo los huecos que fracasan en la relación. Y no es solo por el sexo en sí. Como Charlie dice: “no te debería doler que me acostara con ella, sino que me riera con ella”. Es probable, de hecho, porque la amante aparece como una pieza de quita y pon para que los días pasaran sin alteraciones. 

Hay que ser muy fuerte para mirar a tu pareja a la cara y decirle que se acabó, porque conlleva un cambio de vida. La otra opción es no desarrollar tu personalidad, sino amoldarse a las circunstancias, dejar de ser tu esencia y estar de paso por aquí. Recuerdo conversaciones con amigas donde se hablaba con recelo de ciertas parejas de nuestro entorno separadas, o de personas conocidas como Alejandro Sanz, Gwyneth Paltrow o de quienes se separan tras casi 30 años de matrimonio, como el exfutbolista Fernando Hierro… Y ahora les entiendo. Que el divorcio también puede ser visto como un acto de amor propio, asumir que la vida solo se vive una vez, de merecer algo mejor y que, con ello, los hijos también dejarán de sufrir la indiferencia de sus padres, porque “lo que ocurra será temporal, están creciendo y tendrán sus opiniones”.

Romper antes que dejar de querer

Negarse al divorcio por el qué dirán, por moral o miedo, solo condena a una vida medio muerta, a ser un zombi. Es mejor romper antes de dejar de querer, antes de que los reproches más duros sean lanzados como sables que atraviesen. Es de admirar reconocer que ha llegado a su fin y soltar. Es de admirar tomar las riendas de tu vida para ser feliz y honesto con uno mismo. Es vencer el miedo. Es una nueva oportunidad. Es alejarse de una persona para no acabar alejados de nosotros mismos, ni de lo que somos ni de lo que sentimos. No nos enseñaron a querernos, y el divorcio también es dejar de hacer daño a la persona que ya no deseamos. Quizá hay que atarse los cordones de los zapatos para no tropezar en ese camino. Lo fácil es aparentar, pero eso lleva a la nada. Lo difícil es no esconder la cabeza bajo tierra y dejar de ser cobardes. Por eso, ahora ya creo que el divorcio es de valientes.