20 feb 2020

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De las cuevas a Instagram

Una imagen de las pinturas descubiertas en Indonesia.

afp

Arte comestible

Mar Calpena

La historia del arte no se entiende sin el tan humano impulso de fardar de la comida

Uno de los clichés sobre la gastronomía de consumo (eso que en repipi se llama “ser un foodie”) es que las personas aficionadas a la comida tienden indefectiblemente a querer documentar su pasión con una foto -o varias- de cada plato. Según ese topicazo -como todos los tópicos, con un sustrato de verdad, lo que a su vez es otro tópico-, el valor de un plato puede medirse en 'likes' de Instagram, y hay una serie de alimentos y platos fotogénicos, como el aguacate, cuyo auge se debe a su ubicua presencia en las redes sociales. Este fenómeno, se supone, es fruto de la frivolidad, un signo de vanidad y de incapacidad de disfrutar en el momento, y la enésima prueba de que nos merecemos la caída de un meteorito. Pero días atrás se difundieron imágenes de la pintura más antigua del mundo y, oh, sorpresa, es una escena de caza de hace casi 44.000 años, pintada en un muro, aunque esta vez no el de una red social, sino de una cueva.

La historia del arte no se entiende sin el tan humano impulso de fardar de la comida. Que sí, que luego todo se complicará con representaciones de dioses, santos, gente sexi (la historia del arte es también la historia del deseo, aunque, eso sí, casi siempre masculino) y ya, por fin, la de la representación de toda suerte de ideas abstractas, entre las cuales se han colado no pocas bromas. Pero la comida está siempre presente, de los bodegones barrocos a la modernidad de la fruta en Paul Cézanne, desde los borrachos de Diego Velázquez hasta los bares de Pierre-Auguste Renoir, de las comidas familiares de Norman Rockwell a las desoladas cafeterías nocturnas de Edward Hooper, de las latas de conserva de Andy Warhol a la intervención de Ferran Adrià en la Documenta de Kassel.

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No es una cuestión banal

Qué comemos y por qué lo comemos no es una cuestión banal, como atestiguan por ejemplo los tapices del artista de Ghana El Anatsui, tejidos a base de tapones de botellas de licor, que cuentan la historia de la dominación europea de África a través del comercio de esclavos y alcohol con América. Y tampoco lo es su representación y la presencia en el arte que nos rodea. Por ejemplo: recientemente, la Universidad de Cambridge ha descolgado la pintura 'El mercado de las aves', del taller del pintor flamenco Frans Snyders, porque, colgada en un comedor, quitaba el hambre a algunos vegetarianos.

Más allá de la coherencia del gesto –cuántas pinturas con batallas o martirologio de santos no presiden salas de actos-, la noticia coincide en el tiempo con otra polémica artístico-alimentaria, la de la instalación del plátano pegado a la pared del artista Maurizio Cattelan que se iba a vender por 120.000 dólares, hasta que otro artista, Michael Datuna, se la comió durante una 'performance' llamada 'Hungry artist'. Todo ello, se supone, era una reflexión sobre lo desaforado y ensimismado del mercado artístico y que, pese a aportar poco de nuevo –Marcel Duchamp propuso mucho atrás algo similar a base de orinales-, cierra el círculo con los jabalís del arte rupestre: de representar nuestra merienda en la obra a que la propia obra se convierta en la merienda. Aunque sea la más cara de la historia.