17 feb 2020

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Análisis

Puigdemont y Comín llegan al Parlamento Europeo.

NAZARET ROMERO / ACN / VÍDEO: EFE

Cuento de Navidad

Josep Martí Blanch

La justicia europea ha determinado límites que el Estado no puede traspasar si quiere presumir de democrático

A los poderes del Estado les hubiese convenido en su día la visita de los fantasmas de la Navidad de Charles Dickens. Hubiesen viajado en volandas hacia las pascuas del futuro, las de este año, y ver con antelación y horror lo que les aguardaba si no cambiaban de estrategia. No recibieron tan necesaria visita, así que se mantuvieron firmes en el error de alterar el orden de los factores, situando el escarmiento por delante de la justicia en casi todo lo tocante al procés.

Sabían que eso tendría un precio, en términos de calidad democrática y legitimidad de las instituciones -desde el Constitucional, a la Corona, pasando por la policía, el tribunal de cuentas, la fiscalía y a quien quieran añadir- pero se dijeron a sí mismos que estaban dispuestos a pagarlo, que no importaba el precio, porque el órdago soberanista lo merecía. Pues bien, la Navidad del futuro que no se visitó es hoy la del presente. Han llegado algunas de las facturas que bravuconamente se dijo que no importaban y, claro, hay que pagarlas.

Carles Puigdemont y Toni Comín son ya eurodiputados. Oriol Junqueras, también, aunque en su caso la acreditación formal dependerá de cuánto orgullo esté dispuesto a tragarse el Tribunal Supremo. La justicia europea no solo ha dejado en mal lugar a la española. También, dicho de sea de paso, el Parlamento Europeo, al menos el que estuvo presidido por el conservador italiano Antonio Tajani, ha quedado con las posaderas al aire.

Debate en el Parlamento Europeo

España ya no podrá ahorrarse un debate en el Parlamento Europeo sobre Catalunya con motivo del suplicatorio que deberá pedirse si se quiere actuar judicialmente contra Carles Puigdemont y Toni Comín, y también Clara Ponsatí, cuando los británicos abandonen el hemiciclo europeo. Eurodiputados, pasaporte diplomático, despacho en Bruselas, capacidad de acción política más allá de las propias filas independentistas. Toda una pesadilla de Navidad para quienes consideraron que la justicia era solo una palabra con la que envolver el escarmiento.

Se dirá, y con razón, que lo que no ha hecho la justicia europea es convertirlos en inocentes. Pero lo que sí hace es determinar límites que el Estado no puede traspasar si quiere presumir de democrático. Y silenciar la voz de dos millones de votantes sin respetar las reglas de juego que impone el parlamentarismo en cuanto a la inmunidad de los diputados electos es uno de esos límites.

La decisión del TJUE podría ser una oportunidad para España si estuviese dispuesta a rectificar y conformarse con hacer justicia, puesto que aún hay muchas causas pendientes. Pero a la vista de las reacciones que hemos visto en dos días es muy optimista pensar que la autocrítica va a jugar un papel de aquí en adelante. Es más probable que se agite el genio del antieuropeísmo que no que se atienda a razones de fondo de un tribunal que, como el TJUE, también forma parte del ordenamiento jurídico español.

Recuerden, por si acaso, que siempre puede haber unas navidades peores. Y esta última frase vale también para los soberanistas, que tienen la fea costumbre desde que empezaron a caminar de convertir sus victorias en combustible para un nuevo exceso. Pero hoy, lo que toca son los excesos de la otra parte. Así que, feliz pesadilla.