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Estrella y la copla

Estrella Morente tiene un público fiel en nuestra ciudad y estoy seguro de que volverá a llenar el Palau como la noche en que me tocó aguantar a la severa Sigourney Weaver

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Estrella Morente, en un concierto en Sevilla.

Estrella Morente, en un concierto en Sevilla. / AFP

Este viernes, Estrella Morente vuelve al Palau de la Música, donde uno la vio actuar hace unos años y, pese a no saber ni papa de flamenco, pasó una velada estupenda: anteriormente, solo me había pasado algo parecido con el difunto Camarón, un tipo que te ponía los pelos como escarpias en el buen sentido del término. Me invitó una amiga cineasta a la que le tocó pasear un poco a Sigourney Weaver, que estaba rodando una película en Barcelona y que resultó ser una mujer correcta, un tanto adusta y no muy dada ni a la conversación ni a la sonrisa (puede ser que estuviera mesmerizada por la Morente). Vamos, que yo esperaba conocer a la teniente Ripley de 'Alien' y me encontré con la señora Danvers de 'Rebeca'. La situación no se prestaba para explicarle lo verraco que me había puesto en el cine, cuando fui a ver 'Alien', durante la secuencia final de la expulsión definitiva del monstruo, que la señorita Weaver interpretaba en braguitas y una camiseta que marcaba ostensiblemente sus aterrorizados pezones.

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Opté, pues, por disfrutar de Estrella Morente, cuyo último disco, 'Copla', me parece espléndido y contribuye a acabar con la mala fama del género, que durante décadas se asoció al franquismo y, consiguientemente, se despreció (con la excepción de Manolo Vázquez Montalbán y Basilio Martín Patino). El de Morente no es el primer intento logrado de insuflar nueva vida al género. Se le adelantaron Diana Navarro, con esa voz suya que quita el sentío, y, desde una perspectiva un pelín majareta, pero fascinante, María Rodés, cuyo álbum 'María' canta copla creo que solo lo compramos yo y tres más.

La copla es un género que permite explicar historias con su exposición, su nudo y su desenlace. Tiene la ventaja de que la puede cantar Estrella Morente y la vecina de enfrente mientras quita el polvo. Apela a los sentimientos básicos de la vida y puede ser entendida y disfrutada por cualquiera. Y lo de que es un invento franquista ya no se lo traga nadie: basta recordar el triste caso de Miguel de Molina, apaleado por los falangistas en los años 30 por haberse liado con el hijo de un aristócrata y forzado a refugiarse en una Argentina de la que nunca quiso volver. Estrella Morente tiene un público fiel en nuestra ciudad y estoy seguro de que volverá a llenar el Palau como la noche en que me tocó aguantar a la severa Sigourney Weaver.