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'Foodie love', o quizá no

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Guillermo Pfening y Laia Costa, en un momento de ’Foodie love’.

Guillermo Pfening y Laia Costa, en un momento de ’Foodie love’.

Si eres capaz de superar el primer episodio de 'Foodie love', lo tienes hecho. Una vez que cruzas el umbral de la vergüenza ajena, te espera un universo de comedia e ironía que te conquistará en el primer bocado. No sé si esa era la intención de Isabel Coixet, pero puede que esta sea la mejor parodia de comedia romántica que haya visto en años.

Puede que esta sea la mejor parodia de comedia romántica hecha en años

'Foodie love' es una especie de 'Amelie' macarra y, de alguna manera, aún más pretenciosa y empalagosamente mágica que su predecesora francesa. Protagonizada por dos personajes que dan pereza solo con mirarlos, Coixet acaba con la paciencia del espectador en el primer episodio. Él, un genio matemático argentino, rubio de melena perfecta que vive perdido en su universo vacío. Y ella, una Annie Hall a la española que trabaja en el mundo editorial, encadenada a un pasado misterioso y triste, aferrada a un hedonismo estético que la convierte en una seductora nata.

El mundo confabula para que acaben juntos, pero ellos se ponen zancadillas a sí mismos constantemente. Son genios del drama creando conflictos imaginarios, cebando inseguridades y miedos y manteniendo conversaciones absurdas consigo mismos.

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Y lo odio. Pero estoy fascinada por lo terrible que es todo. Me seduce la capacidad de los protagonistas de criticar a quienes se toman demasiado en serio a sí mismos. Ellos, que se pasan toda la serie en un monólogo interno en el que desgranan el más mínimo detalle de cada pensamiento que atraviesa su torturadísima mente. Ellos, que viven destrozados, arrasados constantemente por una avalancha de arrepentimiento, siguiendo la sombra de las personas que fueron, o que quizá nunca fueron, pero les gusta imaginar que vieron alguna vez en el espejo.

Más allá de esta dinámica forzadísima, los detalles narrativos personificados en pequeños monólogos de los personajes secundarios que normalmente estropearían el ritmo de cualquier otra serie, la banda sonora, la deliciosa fotografía y un final emocionalmente agotador consiguen salvar esa serie del tedio más absoluto. Ver esta serie es toda una experiencia sensorial... que no necesitaba.