27 sep 2020

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Los límites a la voluntad de la mayoría

Populismo y soberanía

LEONARD BEARD

Populismo y soberanía

Xavier Arbós

Si la democracia recorta los derechos de las minorías se está negando a sí misma y abriendo el camino del autoritarismo.

En el Reino Unido las urnas acaban de dar la mayoría absoluta a los conservadores, y el mundo registra una nueva victoria del populismo. No tanto por el tono de la campaña, sino porque ésta ha vivido de los réditos generados por el referéndum sobre el 'brexit'. La onda expansiva de esa consulta popular muestra algunas características del populismo: el gusto por la polarización de la sociedad, el desprecio explícito hacia las opiniones de los expertos y, frente a los poderes de las instituciones europeas, la afirmación exaltada de la supremacía inapelable de la voluntad del pueblo. Igualmente, el populismo tiende a rechazar límites más cercanos que los de Bruselas: los impuestos por jueces en nombre de la Constitución o de las leyes.

'Vox populi, vox dei': la voz del pueblo es la voz de Dios, se decía en tiempos medievales. Ahora, el populismo se propone como una expresión genuina de la democracia. Si 'democracia' significa el poder del pueblo, si este ha sido proclamado soberano, no tiene sentido fijarle límites. Esta visión tiene el atractivo de la simplicidad, pero el inconveniente de que no se corresponde con los modelos constitucionales actuales. Precisamente por esa falta de encaje, el populismo representa un riesgo para las democracias existentes. Y es que la noción actual de democracia comporta algo más que un régimen político en el que la mayoría decide en nombre en nombre del pueblo.

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La democracia llega con el sufragio universal, promovido por las revoluciones europeas de 1848, y se concreta en el derecho a la participación política mediante el voto. Pero ese derecho se acumula a otros, precedentes, que forman el núcleo de derechos fundamentales que protegen al individuo de la arbitrariedad del poder. Incluso del poder de la mayoría, de modo que no se debe oponer la democracia a la libertad de pensamiento o al derecho de asociación. Y como cualquier mayoría es coyuntural, el derecho de participación debe facilitar que las mayorías se renueven. Por eso las opiniones y propuestas de la minoría deben poder expresarse especialmente en sede parlamentaria. Al populismo, especialmente si está imbuido de un sentimiento de superioridad moral o nacional, le molestan las formalidades parlamentarias que escenifican una disidencia inaceptable a sus ojos. Más aún le estorban los jueces cuando, en nombre de la ley o del orden constitucional, dejan sin efecto las resoluciones de la mayoría. Eso es visto casi como un crimen de lesa democracia, cuando, al contrario, si la democracia recorta los derechos de las minorías se está negando a sí misma y abriendo el camino del autoritarismo.

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Sin embargo, también hay que reconocer que la tradición constitucional dominante, que deriva de la Revolución francesa, contiene un elemento al que populismo le resulta útil. Se trata de la soberanía. La soberanía es la atribución del soberano, y representa el poder supremo, que no reconoce a ningún otro como superior. La Revolución francesa quiso subvertir la monarquía absoluta, y por ello trasladó la soberanía de las manos del rey al conjunto de los ciudadanos: a la nación. Así se refleja en el artículo 3 de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789. Pero la idea de nación resultaba demasiado abstracta, y ya en la Constitución jacobina de 1793 (artículo 25) se proclama que la soberanía reside en el pueblo, tras abrir la puerta al sufragio universal. La Constitución española de 1978 afirma en su artículo 1 que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

El poder político supremo, la soberanía, se atribuye al pueblo, pero eso no es más que una fórmula que pretende representar la legitimidad originaria del nuevo orden constitucional. Tras entrar en vigor una constitución, la voluntad del pueblo solo se expresa válidamente en los términos establecidos por los artículos de su texto. Entonces el pueblo ya no es soberano, porque su poder deja de ser supremo al someterse a las reglas del derecho. Pero el equívoco está implantado en las nociones primarias de la política, de modo que puede darse que quien crea representar al pueblo, sea una mayoría o un líder, se considere con derecho a ejercer un poder ilimitado. El populismo puede erosionar los valores constitucionales apoyándose en la idea de soberanía, de la que tal vez podrían prescindir las constituciones. O por lo menos acotarla explícitamente, como hace la Constitución italiana en su artículo 1: “La soberanía pertenece al pueblo, que la ejercitará en las formas y dentro de los límites de la Constitución.”