14 ago 2020

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Editorial

La guerra comercial EEUU-China se atenúa

La tregua relaja la tensión en los mercados y supone también un respiro en la amenazante desaceleración de la economía

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El Periódico

Donald Trump y Xi Jinping en una reunión oficial.  

Donald Trump y Xi Jinping en una reunión oficial.   / Reuters

El pacto comercial entre Estados Unidos y China desactiva en parte la carrera abierta por Donald Trump para un rearme arancelario que penaliza las importaciones en ambos países, perjudica a los consumidores e impugna la viabilidad de la economía global. Al quedar sin efecto el gravamen del 15% –se queda en el 7,5%– que hoy debía entrar en vigor sobre la importación de productos chinos por un valor total de 120.000 millones de dólares a cambio de que China aumente las importaciones en el sector agrícola estadounidense, se abre una tregua que relaja la tensión en los mercados y permite a la Casa Blanca, a menos de 11 meses de las presidenciales, ofrecer resultados tangibles a los electores de los estados agrícolas, un caladero de votos republicanos necesarios para la reelección, un segmento social que hasta la fecha se mantiene fiel a la figura de Trump.

Hay en el acuerdo zonas de sombra relacionadas con la voluntad de Estados Unidos de mantener la mayoría de los aranceles y con la cuantía real de la importación por China de productos como la soja. El hecho de que el entusiasmo inicial de Wall Street se moderara el jueves conforme avanzaba el día es una señal inequívoca de que los costes del proteccionismo siguen amenazando el comercial mundial y los negocios de las grandes compañías. Tanto las instituciones internacionales como los grandes actores económicos saben que la próxima ronda de negociaciones puede ser más determinante y compleja de la que ahora ha alumbrado el acuerdo, porque Estados Unidos insiste en su propósito de mantener un gravamen arancelario del 25% sobre productos chinos por valor de 250.000 millones de dólares y China no cede en su empeño de castigar las importaciones de su gran competidor con contundencia parecida.

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Por eso no cabe deducir del desenlace de este primer asalto que la guerra comercial toca a su fin o que la paz está encauzada. Hacerlo sería tanto como suponer que el resto del memorial de agravios que exhibe cada parte puede ser atendido sin mayores contratiempos. Lo cierto es que asuntos tan importantes como las subvenciones públicas que el Gobierno chino destina a las empresas, el espinoso asunto de la transferencia tecnológica forzosa, el cambio del yuan –siempre bajo sospecha– y la protección de la propiedad intelectual, entre otros, requieren tiempo y la disposición de ambas potencias a serenar un conflicto que enturbia el comercio mundial, donde resulta muy aventurado hacer previsiones a medio plazo.

Tal incertidumbre ha sido determinante en la desaceleración o enfriamiento de la economía, una constante en los pronósticos para 2019 que puede corregirse en parte durante el próximo año si los intercambios comerciales no se ven penalizados por un encarecimiento generalizado de las importaciones cruzadas, no solo entre Estados Unidos y China, sino también entre Estados Unidos y la Unión Europea. Porque esta es una guerra incruenta cuyos efectos son de alcance universal, una disputa entre gigantes de cuyas consecuencias nadie puede librarse.