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Análisis

Jordi Puigneró, Àngels Chacón, Miquel Buch y Meritxell Budó, este sábado durante el consell nacional del PDECat.  

ACN / BERNAT VILARÓ

El partido de Puigdemont (y de Hamlet)

Toni Aira

El Consell Nacional del PDECat acabó con una suma de victorias pírricas y, sobre todo, suma de impotencias que, al convertirse en crónicas, básicamente acaban restando

Quizá cuando Artur Mas decía que quería que Catalunya se pareciera a Dinamarca, en realidad estaba avanzando que su partido acabaría siendo la encarnación política del príncipe
danés más famoso (y dramático) de la literatura, aquel Hamlet que hacía del "ser o no ser" la cuestión.

El mundo posconvergente hace tiempo que vive en este sinvivir como algo crónico y, en la línea, este fin de semana ha visto cómo el PDECat ha protagonizado otra cita que muchos vendían previamente como decisiva, en ese caso un Consell Nacional,  que al final ha terminado, según descripción de muchos de los presentes, "con bastante tranquilidad". Y el caso es que esto no debería ser necesariamente positivo, pero hace tiempo que en este entorno se impone como respuesta a casi todo aquel "¡que no estamos tan mal!" que popularizó Joan Laporta. En los cementerios, de hecho, suele haber bastante tranquilidad, pero es obvio que estos rincones de mundo no estimulan ni impulsan, al contrario. Aunque nos engañamos si creyéramos que PDECat y Junts per Catalunya son un cementerio. Al igual como lo haríamos si compráramos que el Consell Nacional de este sábado ha sido tranquilo. Se votó la propuesta de la dirección con un 85% a favor, efectivamente. Pero en gran parte esto ha pasado porque el texto aprobado, que los más críticos de entre los asistentes han descrito como un "entregar las llaves a Carles Puigdemont, y encima aplaudiendo", permite que todo el mundo que tenga ganas vea lo que quiere ver.

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La dirección de David Bonvehí destaca que no se disuelve el PDECat como algunos querían. Se puede vender así a Bonvehí como ganador y se puede defender, no sin parte de razón, que ahora podrá plantarse en una negociación con Puigdemont con más opciones de imponerse. Paréntesis que añaden los más escépticos: no podrá hacerlo, sobre todo porque la decisión de la justicia europea el 19 de diciembre sobre la inmunidad de Oriol Junqueras apunta a un reimpulso del ánimo del 'expresident' y su entorno.

En este sentido, también los puigdemontistas pueden darse por ganadores del cónclave de este sábado. ¿Motivo? Ya se transita oficialmente hacia JxCAT, y la marca y el nombre serán esta, por lo tanto ya pueden decir que se han impuesto, aunque ellos querían ir más allá y rematar el proceso ya, cosa que no ha pasado.

Al final, pues, suma de victorias pírricas y, sobre todo, suma de impotencias que, al convertirse en crónicas, básicamente acaban restando. Y aquí sigue atrapado 'sine die' el mundo posconvergente, en esta dinámica del "ni contigo sin ti tienen mis males remedio" y del posponer siempre la solución tirando el balón adelante al más puro (y feo) estilo de juego de aquel Javier Clemente que aconsejaba "patada, patapum, p'arriba". Y mañana será otro día, hasta que otro contexto excepcional vuelva a justificar aplazar una clarificación del espacio y de su discurso, que se considera inevitable pero nunca del todo oportuno. Hasta entonces, a ir tirando, diciendo 'totus tuus' a Puigdemont, y a conformarse con ser su partido (o lo que sea) y el de Hamlet.