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Editorial

La segunda victoria del 'brexit'

A pesar del alivio por el fin del suspense, la salida del Reino Unido es una mala noticia para Europa

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El Periódico

Boris Johnson, aplaudido al entrar en la residencia oficial de Downing Street, en Londres.

Boris Johnson, aplaudido al entrar en la residencia oficial de Downing Street, en Londres. / REUTERS / STEFAN ROUSSEAU

La mayoría absoluta obtenida por Boris Johnson en las elecciones legislativas celebradas el jueves en el Reino Unido deja las manos libres al primer ministro para consumar el 'brexit' y castiga al Partido Laborista con una doble crisis, de identidad y de liderazgo, después de sufrir la peor derrota desde 1935. El eslogan de campaña 'Cumplamos ya con el brexit' ha movilizado a los votantes que en junio del 2016 apoyaron la salida de la UE, a los laboristas deseosos de acabar con el bloqueo político y a cuantos ciudadanos creen que ha llegado la hora de facilitar el desenlace de una crisis que se eternizaba. Frente a esta realidad y a la política de las emociones que ha sabido manejar el Partido Conservador, Jeremy Corbyn, líder de los laboristas, se ha refugiado demasiadas veces en una ambigüedad y falta de determinación fruto de su euroescepticismo y de prejuicios que se remontan a la tradición más rancia del partido.

Aun con la victoria, la concreción del 'brexit' planteará no pocos desafíos a Johnson y a los negociadores de la Unión Europea que deberán diseñar el periodo transitorio que se abrirá a partir del 31 de enero, cuando el Reino Unido formalizará la salida. La futura relación que los Veintisiete mantendrán con las islas obligará a abrir el melón de la naturaleza futura de los intercambios comerciales, de la circulación de capitales, bienes y servicios entre ambas orillas del canal y del espinoso tema de la movilidad de los ciudadanos británicos en territorio de los Veintisiete y viceversa. Aliñado todo ello con la intromisión de Donald Trump mediante su propósito de configurar una relación económica especial con los británicos.

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En el plano interno, los problemas derivados del 'brexit' no serán menores ni de fácil gestión. El éxito del Partido Nacional Escocés, europeísta sin reservas, ha dado alas a Nicola Sturgeon para reclamar un nuevo referéndum para la independencia; los efectos de la salida en los intercambios entre las dos Irlandas han encendido todas las alarmas ante el riesgo cierto de que el endurecimiento de la frontera dañe la paz trabajosamente construida a partir del acuerdo de Viernes Santo de 1998. En ambos casos, cualquier aproximación feliz a los retos planteados requiere que, por una vez, la demagogia nacionalista de Johnson, que ha alimentado el deseo del 'brexit', dé paso al realismo, una cualidad que es imposible precisar si figura en el recetario del 'premier' en plena euforia por el gran triunfo.

Incluso en el hipotético caso de que todos los problemas planteados por el 'brexit' se resuelvan de forma razonablemente sensata, la marcha del Reino Unido es un acontecimiento dañino para la construcción de Europa y para preservar su influencia en los asuntos mundiales. La separación debilitará, sin duda, al Reino Unido, de ahí el resquemor de la City, pero también siembra dudas sobre cómo encararán los Veintisiete el futuro y hasta qué punto la defección británica alentará la eurofobia que forma parte de la oferta de la extrema derecha, cada día más crecida.