26 feb 2020

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Estrategias de descalificación

Albert Rivera y el 'antisanchismo'

MONRA

Albert Rivera y el 'antisanchismo'

Joaquim Coll

La derecha política y mediática ha logrado caricaturizar a Pedro Sánchez como alguien carente de escrúpulos, ideológicamente vacuo y cuya sola ambición es el poder

Hace solo dos años Ciudadanos ganó las elecciones en Catalunya tras el fatídico otoño del 'procés'. En los meses siguientes, el partido naranja se puso por delante de PP y PSOE en las encuestas y Albert Rivera se convirtió durante el primer semestre del 2018 en el político llamado a ocupar la Moncloa. Hasta ese momento, Cs había sido fiel a su ideario de centro liberal progresista y a una estrategia de pactos territoriales indistintos con socialistas y populares. En marzo del 2016, Rivera votó la primera de las investiduras fallidas de Pedro Sánchez tras el “acuerdo del abrazo”, y en octubre alcanzó un pacto parlamentario con Mariano Rajoy para evitar terceras elecciones. A lo largo del 2017, frente a los múltiples escándalos de corrupción que aquejaban al PP y tras la pésima gestión en la crisis catalana, el líder naranja optó por una estrategia de sustitución tranquila de la derecha. En lugar de retirar su apoyo a Rajoy, le dio oxígeno aprobándole los presupuestos con el objetivo de alargar su agonía y mantenerlo como rival.

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Pero la estrategia de Rivera se vio alterada cuando en junio del 2018 triunfó la moción de censura de Sánchez a cuenta de la sentencia del 'caso Gürtel'. El líder socialista, que antes de recuperar la secretaria general de su partido había dimitido de diputado, supo aprovechar esa oportunidad en la que nadie confiaba. Determinante fue la actitud del PNV, que condicionó su apoyo a que se intentara agotar la legislatura para evitar que unas elecciones a corto plazo pudieran beneficiar a Cs, la fuerza más hostil al foralismo. A la derechización del partido naranja, que mantuvo intacta su estrategia de relevar al PP, se añadió un antisanchismo que fue creciendo hasta su cénit en la concentración de la plaza de Colón, en febrero de 2019. La novedad entonces fue la aparición de VOX, que había irrumpido con fuerza en las elecciones andaluzas apoyando un nuevo gobierno regional que la izquierda tildó de “trifachito”.

En medio de una clima de máxima polarización, Sánchez fracasó al intentar aprobar nuevos presupuestos. Los grupos independentistas que le habían apoyado en la moción pretendían teatralizar una negociación política que para el PSOE encerraba un grave peligro. En mayo había elecciones municipales, autonómicas y europeas y el líder socialista prefirió cortar con ellos tras la crisis del “relator”, adelantando las generales en abril y confiando para ello en la movilización del votante de izquierdas ante el miedo a una victoria de las tres derechas. Obtuvo un buen resultado, comiéndose buena parte del voto de Podemos, pero resultó insuficiente para gobernar en solitario. En la oposición, el PP se hundió como nunca antes pero Rivera también fracasó en su objetivo de situar a Cs como la primera fuerza de la derecha, propósito definitivamente frustrado en el triplete electoral de mayo.

Paradojas del 10-N

Entonces se abrió en Cs un fuerte debate sobre qué hacer, que derivó en una fuerte crisis interna solo maquillada por el hiperliderazgo de Rivera. La historia es conocida. La dirección naranja se negó en redondo a cualquier aproximación al PSOE haciendo bandera del 'antisanchismo' pese a que si algo quedó claro entre julio y septiembre pasado fue la negativa socialista a negociar con los independentistas y a la coalición con Podemos. En esas circunstancias, la repetición electoral fue inevitable pero ofreció un resultado paradójico. Mientras Cs quedó reducido a su mínima expresión, el PSOE no logró arañar casi nada de ese electorado teóricamente de centro aunque Sánchez no hizo otra cosa en campaña que acentuar un discurso moderado y constitucionalista. De los cuatro millones de votos que Rivera obtuvo en abril, retuvo solo poco más de uno y medio. Una parte de esas enormes pérdidas se fueron al PP y otra a VOX, pero se cuenta que más de un millón de electores optaron por la abstención en lugar de hacerlo por el PSOE como esperaba Sánchez. Esa es la gran paradoja del 10-N. Y la razón se encuentra en la animadversión hacia su figura, que la derecha política y mediática ha logrado caricaturizar como alguien carente de escrúpulos, ideológicamente vacuo y cuya sola ambición es el poder. No es el primera vez que se practica esa estrategia de descalificación 'ad hominem', recordemos las duras campañas de la derecha contra Rodríguez Zapatero o Pérez Rubalcaba, aunque la trayectoria de Sánchez no está exenta de llamativas incoherencias. La otra paradoja es que el líder socialista se ve obligado ahora a pactar con quien no quiso antes, como si la profecía que tantas veces esgrimió Rivera para vetarlo se autocumpliera.