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El Pacto Verde Europeo

Manifestantes en la Marcha por el Clima de Madrid.

David Castro

Ambición incierta, acción necesaria

Andreu Escrivà

El mejor legado del pacto puede ser su papel como argamasa continental, ahora que muchos nos preguntamos para qué sirve Europa

Aunque muchos critiquemos todo lo que Europa ha podido hacer y no ha hecho en la lucha frente al cambio climático en las últimas décadas, es de justicia reconocer que ha sido y es el motor de las negociaciones climáticas, más aún desde el despegue económico de China y el pasotismo, antes disimulado y ahora maleducado, de Estados Unidos. Se suceden las cumbres del clima y en ellas siempre se abren los interrogantes sobre gran parte de los países participantes. De Europa, en cambio, se espera liderazgo, valentía y que, de alguna forma, el Viejo Continente alumbre los nuevos caminos en un escenario de incertidumbre planetaria. La Unión Europea (UE) ha sabido aprovecharlo y ha vivido de rentas, incluso cuando su ambición climática ha resultado ser muy moderada. Ha sido demasiado habitual ver una rueda de prensa en la que la UE proclamaba su compromiso y voluntad de afrontar los retos del calentamiento global, para después aprobar paquetes legislativos que no se correspondían con lo marcado, o que directamente han favorecido a empresas e industrias contaminantes.

Con la intención de seguir liderando las políticas verdes, Europa apuesta ahora por el 'Green New Deal', la receta de moda que está centrando gran parte del debate político a nivel global. Un plan que, emulando el 'New Deal' de Roosevelt, revitalice la economía europea y dirija el dinero a lugares más verdes y menos tóxicos. En un intento de alinear las políticas de tinte verde que iba desarrollando Europa (a un ritmo desigual según los sectores y países), este plan puede servir de marco para la transición ecológica y para articular un relato coherente que cohesione las acciones concretas. También como señal de que, en efecto, el dinero se debe mover hacia las energías limpias y no las sucias (de ahí el posicionamiento del Banco Europeo de Inversiones, que se autodefine como “banco climático” y que por fin ha anunciado que corta el grifo a proyectos relacionados con combustibles fósiles), hacia un modelo agroalimentario que no emponzoñe el territorio y se sustente sobre el trabajo precario (y en este punto la PAC, la política agraria común, tiene muchos deberes), hacia la conservación de aquello que nos permite ser y estar: la naturaleza.

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El mejor legado de este Nuevo Pacto Verde, que nace con el ambicioso objetivo de un recorte de emisiones superior al 50% en apenas diez años pero con una dotación insuficiente de fondos, puede ser su papel como argamasa continental, ahora que muchos nos preguntamos qué es y para qué sirve Europa. Dotarnos de una meta colectiva es positivo y esperanzador, y ojalá que ello sirva también para plantearnos preguntas aún más incómodas. La principal sería si es posible plantear un gran acuerdo verde que no tenga el crecimiento como guía y meta última, si somos capaces de imaginar un futuro en el que el liderazgo venga de una nueva relación con el entorno y del bienestar de los ciudadanos, y no del incremento porcentual del PIB. Eso sí sería un Green New Deal.