12 ago 2020

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El significado del diálogo

El lenguaje y su secuestro

LEONARD BEARD

El lenguaje y su secuestro

Josep Oliver Alonso

El conflicto es de una complejidad mucho mayor de lo que el discurso dominante en Catalunya quiere hacer creer

Sumergidos en los debates sobre los futuribles de un Gobierno PSOE-UP, se hacen más patentes las dificultades de un posible, y duradero, entendimiento con parte de los independentistas. Entre otros aspectos porque idénticas palabras tienen significados distintos: por más que compartamos lenguaje, es imposible aprehender la experiencia que se transmite cuando emerge la pasión, como sucede en la política. Además, si le añaden los intereses partidarios, el lenguaje deviene arma contra el adversario y esqueleto básico de las distintas narrativas y, por tanto, necesariamente se pervierte. Y aunque ese uso es general, y forma parte de la misma naturaleza de la política, hoy quisiera referirme a su uso por el independentismo. 

En este ámbito, su uso abusivo se traduce, en lo esencial, en tomar la parte por el todo, en considerarse los únicos representantes de Catalunya y, en consecuencia, en autoerigirse en los exclusivos interpretes de lo que el demos catalán desea. 

En abierto choque con el Gobierno

Es perfectamente aceptable que los independentistas destaquen el conflicto con los poderes del Estado; y que, en la medida en que representan a un importante colectivo, puede afirmarse con certeza que este está en abierto choque con el Gobierno de Madrid. Pero esta no es la narrativa ordinaria. La habitual es la de otorgarse la representación de la totalidad de la franquicia de Catalunya, y de su poderoso significado afectivo y emocional, y hablar y, lo que es más relevante, decidir, en nombre de todos los catalanes. Como si fuera cierto que dispone de una mayoría social que, cada vez que se ha puesto a prueba desde el 2012, no supera el 48%. 

Todos desean el diálogo pese al problema, en absoluto menor, del contenido
que se le da, con líneas rojas infranqueables por todas partes

Lo mismo vale para la definición del conflicto Catalunya-España. No soy yo el que niegue su existencia. Pero es del todo abusivo considerar que aquel lo define la visión que tienen del mismo los partidarios de la independencia. Y ello, porque pese a quien pese, existe otra parte de catalanes, como mínimo de una dimensión parecida a los partidarios de la independencia, que no lo percibe así. ¿Acaso no son catalanes los que así piensan? 

Algo parecido sucede cuando se consideran las relaciones económicas con el resto de España. Desde estas mismas páginas he destacado que Catalunya, con el 15% de la población española, contribuye con el 20% del PIB, con más del 22% de los impuestos, con cerca del 25% de los ingresos turísticos y con más del 27% de los de exportación de mercancías. Y que el Estado, en sus Presupuestos, lleva décadas invirtiendo únicamente en el entorno del 10% del total. No seré yo, por tanto, el que niegue la existencia de un claro maltrato económico. Pero de ello no se deriva la capacidad de tomar la parte por el todo. Porque estas cifras, por abrumadoras que sean, no deberían cegar el entendimiento de nadie: en población, PIB, impuestos e ingresos de exportación, la contribución catalana de hoy es inexplicable sin el concurso de una parte, muy sustancial, de inmigrantes procedentes del resto de España, algunos partidarios de la independencia y otros no. ¿Es legítimo usarlas sin considerar lo qué opinan aquellos que, con su contribución, las han hecho posible? ¿O no tomar en consideración, por ejemplo, que los catalanes que se sienten españoles quizá no estén tan preocupados por el drenaje fiscal como los independentistas parecen suponer? 

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Finalmente, la perversión del lenguaje adquiere carta de naturaleza cuando se traslada a las posibles soluciones. Porque diálogo, todos lo proclaman y todos lo desean. El único problema que plantea el vocablo, en absoluto menor, es el contenido que se le da, con líneas rojas infranqueables por todas partes. Se quiere diálogo, como si su sola presencia exorcizara el conflicto. Lastimosamente, no es ni será así, porque no existe, ni puede existir, un diagnóstico compartido del mismo. 

Otras expresiones del problema

Tenemos un problema, cierto. Pero de una complejidad mucho mayor que el discurso dominante en Catalunya quiere hacer creer. Porque hay conflicto entre los partidarios de la independencia y el resto de España. Pero porque lo hay, también, entre los catalanes no independentistas y la Generalitat y los partidos que la apoyan. 

Hoy parece que las cosas se mueven, y que el PSOE acepta la existencia de un problema político del resto de España con una muy importante parte de Catalunya. Por ello, ahora sería también el momento que, desde los independentistas, se aceptara que existen otras expresiones de aquel problema: entre ellos y una parte, también igualmente relevante, de catalanes. Quizás, desde el reconocimiento de ambas posiciones, finalmente se podrá avanzar.