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Menos pequeños comercios, bares y bancos

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The Post-Industrial Fashion shop, comercio situado en uno de los Baixos de Protecció Oficial de 2018.

The Post-Industrial Fashion shop, comercio situado en uno de los Baixos de Protecció Oficial de 2018.

Desde el 2008, desaparecen cada año aproximadamente en España unos 10.000 comercios pequeños, unos 2.500 bares, y unas 2.000 oficinas bancarias. A pesar de ello, el porcentaje de estos establecimientos por habitante sigue situado entre los más elevados de Europa.

Será la meridionalidad que da el Mediterráneo. O tal vez, la tradición árabe de callejear, mercadear y tomar algo. El hecho es que las ciudades de este país han rebosado históricamente de este tipo de establecimientos. La crisis financiera del 2008 resultó el punto de arranque de su debilitamiento definitivo. Confluyeron entonces tres factores. El primero, ya venía desde el 2000 y se agudizó, el 'low cost'; este destruyó el modo de fijar los precios que facilitaba unos márgenes bastante estables. El segundo, la digitalización, que llegó paralela al brote de la crisis, y abrió la oportunidad de usar nuevas tecnologías de contacto integral con el cliente y un mayor abaratamiento de los costes. Y el tercero, la desintermediación (o reintermediación), que modificó definitivamente las cadenas de valor de las compañías.

Algo se resiente de manera destacada en este escenario. Hablamos de la dimensión de los negocios. La mitad de los comercios y bares españoles no llegan a facturar los 100.000 euros anuales ni cuenta con más de dos empleados. Los descuentos generalizados -tipo Black Friday, en el comercio, o las ofertas todo incluido, en la restauración-, han erosionado de tal manera los márgenes que resulta imposible aguantar; la lógica de concentración de los bancos ha conducido al mismo lugar. El

punto de venta individual resulta muy caro y más todavía para aquellos que viven fuera de la red. Los negocios pequeños cierran, a la vez que los establecimientos aumentan de tamaño. Las calles y plazas pierden su fisonomía tradicional.

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Desgraciadamente, las formas colectivas o asociativas de gestión comercial, con el soporte público, avanzan demasiado lentamente –léase Apeus-. Afrontar la innovación y la competitividad en estas condiciones individuales se halla al alcance de muy pocos, de los más esforzados que por suerte todavía los hay.

Los establecimientos presenciales y de proximidad siguen siendo los más atractivos para el cliente (Cetelem, 2019) Pero, a pesar de ello, la realidad es que se diezman los cerca de 500.000 comercios minoristas en España (Dirce, 2018) Se diezman los 180.000 bares, a pesar de que crece la productividad por establecimiento. Y se diezman las 27.000 oficinas bancarias, una para cada 1.600 habitantes, frente a la eurozona donde cada sucursal abastece a 2.200 personas. Es verdad que la bajada de persiana no va a producir desabastecimiento en las poblaciones. Los formatos mayores e internet suplen las ausencias. El problema que se nos avecina es doble: habrá desequilibrio de la oferta –y, por tanto, menor competencia-, y se producirá forzosamente la desertización en las zonas más vapuleadas; así ocurrirá en determinados barrios y, cómo no, en la España vaciada. No es nostalgia.

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