06 jun 2020

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Análisis

Control antidopaje de la Federación de Rusia.

KAY NIETFELD/ EFE

El deporte y la credibilidad perdida

José Luis Pérez Triviño

Quien más sale dañado con la sanción a Rusia es el propio deporte por la pérdida de credibilidad ante la opinión pública y ante los propios aficionados

Mucho se ha escrito ya y más que se escribirá sobre el dopaje sistemático practicado por Rusia, y que ha vuelto a ser castigado, esta vez, con más dureza incluso que en las anteriores sanciones impuestas por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). Cuatro años de prohibición de participar en los Juegos Olímpicos y en el Mundial de fútbol es un varapalo mayúsculo al país que organizó hace solo unos años los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi y el Mundial de fútbol de 2018 y que es, históricamente, una de las potencias mundiales del deporte. Imagínense un castigo análogo al FC Barcelona o al Real Madrid respecto de la Liga Española o la Champions. Probablemente generaría una reacción social inaudita entre sus aficiones y en la sociedad española en su conjunto. Pues algo similar significa la reciente sanción para un país que, como Rusia, idolatra el deporte y encuentra en él una fuente de autoestima colectiva. Y más en una época de resurgimiento internacional de la mano de Vladimir Putin, quien, obviamente, no es ignorante de los efectos políticos que tiene el deporte a nivel internacional.

No debe haber sido una decisión fácil para la AMA, quien ya había castigado a la delegación olímpica rusa en los últimos Juegos celebrados en Río de Janeiro en 2016. La reincidencia rusa no solo deja en mal lugar a las autoridades deportivas de ese país, también a la AMA y otras organizaciones deportivas internacionales que han sido incapaces de evitar que las autoridades rusas sigan engañando y defraudando con las muestras de sus atletas sospechosos de dopaje.

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Ahora bien, si en lugar de fijar la atención en los culpables de la infracción, lo hacemos sobre las víctimas y damnificados por la sanción, habría que destacar en primer lugar a los propios deportistas rusos, muchos de los cuales sufrirán la prohibición y con ello, también, el fin de sus sueños. Algunos, los que puedan probar su limpieza, podrán participar bajo la bandera olímpica. Pero otros, que también estarán libres de haberse dopado, no podrán hacerlo al ser su deporte de carácter colectivo, que es precisamente lo que sucederá con la selección de fútbol. Un tipo de sanción, típica del ámbito del deporte, que no es precisamente justa con atletas inocentes.

Pero quien más sale dañado con la sanción (y, obviamente, con la infracción previa) es el propio deporte, o cuanto menos, algunas disciplinas deportivas. Es aquel quien, como práctica social de la que se predican valores morales, pierde credibilidad ante la opinión pública y ante los propios aficionados, pues provoca que surjan dudas acerca de las proezas de muchos deportistas, hasta ahora ensalzados como héroes o heroínas: ¿podemos, por ejemplo, seguir creyendo en la legitimidad de la marca estratosférica que Jarmila Kratochvilova completó en los 800 metros en 1983? Hay un refrán que dice que la confianza se gana con mil actos y se pierde con tan solo uno. Y en esa tesitura está el deporte ruso y, castigarlo severamente y evitar que la tentación del engaño se extienda a otros países lo que permite explicar la severidad de la reciente sanción.