03 abr 2020

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Pablo Iglesias, junto a Iván Espinosa de los Monteros e Inés Arrimadas, en el Congreso.

JOSE LUIS ROCA

El fotomatón

Cristina Pardo

Chirría mucho que sean capaces de partirse la caja y luego ese buen rollo no se traslade a las negociaciones

No hay derecho a que en los temas serios nos sometan a los ciudadanos a una tensión permanente por su fanatismo

Los políticos españoles pensaban ayer una cosa y hoy otra muy distinta. Es probablemente la generación de dirigentes más voluble de nuestra reciente historia, la que menos valor le confiere a su propia palabra. Están como metidos en un fotomatón, en el que van poniendo caras distintas para las cuatro imágenes que dispara la máquina en un segundo.

Así, Pedro Sánchez aparece en la primera anunciando que no permitirá que el gobierno de España repose sobre los independentistas, en la segunda promete que él va a traer a Puigdemont a España, en la tercera anuncia que va a ilegalizar los referendos y en la última coge el tren a Barcelona para reunirse con ERC y cerrar su investidura. Si entrara Pablo Iglesias en el interior de la cabina, le veríamos renegando de la Constitución, después ausentándose directamente de los actos de aniversario de la Carta Magna, luego blandiendo un ejemplar en un debate electoral urgiendo a su cumplimiento y en la última, aparecería en el acto parlamentario de celebración del texto a carcajada limpia con un diputado de Vox. De esta forma, resulta difícil de asumir cualquier explicación que den los dirigentes políticos ante sus comportamientos. Esta última foto, la de Iglesias muriéndose de risa con Espinosa de los Monteros Inés Arrimadas, ha dado mucho que hablar. Incluso el líder de Unidas Podemos ha tenido que salir al paso alegando que es como cualquier cena de Navidad, en la que todos hablan con todos a pesar de ser familia, e ilustrando que no es la primera vez que conversa con personas que piensan distinto, poniendo como ejemplo a Oriol Junqueras o a Mariano Rajoy. Probablemente, no imaginaba que esto suscitaría una trifulca tuitera con el que tiene que ser su socio de investidura, Gabriel Rufián, que ya le llama irónicamente “vicepresidente”. Sinceramente, a mí no me parece raro que los diputados hablen distendidamente entre sí. Lo hacen continuamente. Lo que ocurre es que chirría mucho que sean capaces de partirse la caja mientras celebran el aniversario de una Constitución a la que todos maltratan y luego, ese buen rollo no se traslade a las negociaciones políticas de asuntos que nos conciernen a todos. Con esto no estoy diciendo que Iglesias tenga que pactar con Vox o con Ciudadanos, pero es insultante que reduzcan su capacidad para entenderse al ámbito de conversaciones privadas sobre temas personales o intrascendentes.

Eso ya le pasaba a Mariano Rajoy con Pablo Iglesias, al que en privado reconocía mucha más altura intelectual y personal que a Albert Rivera. Sin embargo, era capaz de pactar cualquier cosa con el segundo y ninguna con el primero, al que en público presentaba como un peligroso comunista bolivariano. En definitiva, lo que quiero decir es que no hay derecho a que en los temas serios nos sometan a los ciudadanos a una tensión permanente por su fanatismo y su incapacidad para pactar nada, con éste no hablo y con éste tampoco, y resulta que luego, para tomar la última, sí vale cualquiera.