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Imagen del acto de conmemoracion del 40º aniversario de la Constitución.

ZIPI / EFE

Enemigos de la Constitución

Josep Martí Blanch

Los mismos que se horrorizan ante el hecho que los socialistas negocien una investidura con ERC callan ante el anticonstitucionalismo de Vox

La cosa no va de Constitución, va de España, de una, grande y libre; u otras, varias, igual de grandes, pero infinitamente más libres

La política tiene poca memoria. Se analiza mayoritariamente desde el presente pero no puede entenderse sin el pasado. Con el cumpleaños de la Constitución hay que recuperar lo obvio: los que se la cargaron fueron los que más amor le profesaban. Como hacen los maltratadores la mataron porqué era suya, sólo suya. La obligaron a decir lo que ellos querían, no lo que el texto de la Carta Magna afirma. Contaron, para ejecutar el texticidio, con la complicidad de un Tribunal Constitucional desacreditado y presionado hasta lo indecible. Mataron la constitución en nombre de la constitución. Eran los tiempos del nuevo Estatut de Cataluña. Todo lo que vino después arranca con ese asesinato. Desde entonces, la Constitución mantiene las mínimas constantes vitales gracias al respirador asistido del inmovilismo. Pero los doctores ya saben que los daños son irreparables, y sólo el milagro de una reforma podría resucitarla del coma irreversible al que la llevaron los que decían y dicen defenderla. Hasta aquí lo obvio, por muchos parabienes que se escriban estos días sobre el vigor, la fortaleza y el futuro del texto constitucional.

Situados en el presente puede observarse nuevamente que en realidad la definición de “enemigo de la Constitución” es únicamente una trampa porque obedece en realidad a otro objetivo: listar los paraguas ideológicos que cuestionan que España deba seguir ordenándose territorialmente desde una visión centralista que niega, y que a lo máximo llega a aceptar a regañadientes, su plurinacionalidad.

¿Cuán anticonstitucional es Vox y su programa falangista para borrar del mapa las comunidades autónomas? ¿Dónde están las voces que, al igual que hacen con el independentismo, están dispuestas a negarle el pan y la sal a los ultraderechistas, no por ultraderechistas si no por anticonstitucionalistas? Los mismos que se horrorizan ante el hecho que los socialistas negocien una investidura con ERC, y hacen todo lo posible por abortarla, callan ante el anticonstitucionalismo de Vox. No es pues la constitución lo que defienden, sino una manera de entender España, la que ellos consideran como la única posible. La que Aznar quiso imponer a partir de la mayoría absoluta del 2000 (¡ya queda lejos!) y que sólo es posible imponer convirtiendo en antiespañol a todo aquel que se salga de la línea. La mitad de los españoles son, en este momento y siguiendo estos criterios, antiespañoles.

Sánchez se le acusa de vender y traicionar España cuando lo único que intenta es, desde sus dotes para la interpretación y el teatro más que desde una solidez intelectual e ideológica que no tiene ni tendrá, naturalizar una realidad electoral y social como el independentismo que, a su vez, está dispuesto a aplazar sine die sus máximas aspiraciones, aceptando como terreno de juego, es cierto que después de las lecciones aprendidas en octubre de 2017, los límites que marca la legalidad.

Vox sí y el independentismo no. Simplemente porque la cosa no va de Constitución. Va de España. De una, grande y libre; u otras, varias, igual de grandes, pero infinitamente más libres.