Dos miradas

El catalán y las esencias

Lo peor que le puede pasar al catalán es acabar identificándose con la corriente más depredadora del independentismo

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Una niña escribe en la pizarra, en una clase del colegio público Jaime Balmes, en València, el pasado julio.

Una niña escribe en la pizarra, en una clase del colegio público Jaime Balmes, en València, el pasado julio. / MIGUEL LORENZO

La capacidad devastadora del ‘procés’ ya está generosamente escrita. Un auténtico tsunami capaz de arrasar la convivencia, los principios democráticos, las prioridades sociales, los intereses económicos y, también, a una generación de líderes nacionalistas. Ahora ha centrado su mirada en el catalán. Y más de uno ha entrado en su defensa como un elefante en una cacharrería, confundiendo su protección con el ataque al castellano, denigrando a los hablantes de este último idioma y casando lenguas con ideologías. Al fin, lo peor que le puede pasar al catalán es acabar identificándose con la corriente más depredadora del independentismo. Esa que hunde sus pies en la xenofobia y el clasismo. De hecho, una simple réplica del nacionalpopulismo que recorre Europa, también España.

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El catalán solo puede ser casa de acogida. Territorio abierto a todas las ideologías, pensamientos, culturas y emociones. No es un tarro de las esencias. Es un lugar donde pasearse engalanado, pero también chapotear embarrado. En él deben pasar cosas interesantes. Desde el lamento del poeta al trap bastardo. Al fin, una lengua.