23 feb 2020

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El pesebre de la plaza de Sant Jaume

El belén de la plaza de Sant Jaume.

ÁNGEL GARCÍA

Desencajados

Mar Calpena

Es perfectamente lícito que a uno no le guste el pesebre; no lo es, en cambio, negarle cualquier valor porque contraviene nuestra sensibilidad, y menos aún, fijar nuestro criterio en función de quién lo ha encargado

Quedémonos tranquilos: el 'cuñadato noucentista' local ya ha dictado su tradicional fetua contra el pesebre de Sant Jaume. Como el anuncio de turrones, las muñecas que se dirigen con paso robótico al portal o la capa de Ramón García, ya no se concibe una Navidad barcelonesa sin su entrañable polémica por la instalación artística que ocupa la plaza de Sant Jaume.

Que si es demasiado cara, que si es fea, que si esto no es un belén tradicional… los argumentos se repiten año tras año, y reverdecen siempre que hay un consistorio sospechoso de no comulgar con la idea de una Navidad al uso. La instalación de este año, obra de la escenógrafa Paula Bosch, no ha sido una excepción; al contrario. Se ha bromeado diciendo que eran los restos de las barricadas de los disturbios del mes pasado y se la ha calificado de «basura», pese a que su autora ha explicado todo el cuidado proyecto conceptual detrás de la instalación, que evoca las cajas donde se guardan los ornamentos navideños, y en el que hay elementos de algunas de las comunidades extranjeras que viven en Barcelona.

El quid de la cuestión

El de Sant Jaume ni siquiera es el único belén de la ciudad, ¡si existe incluso un ciclo de conciertos y una ruta pesebrística por lo nacimientos del centro! El más tradicional es, también un año más, el del Museu Marés, pero se cuentan hasta una treintena más en asociaciones, parroquias, centros comerciales… Aun así, este, por lo visto, ofende porque no gusta. Y ahí está el quid de la cuestión: vivimos en una sociedad que considera ofensivo todo aquello que no comparte. Que la Navidad se pueda evocar desde perspectivas distintas, y, más aún, que estas se muestren pagándolas con dinero público molesta. Porque al arte público se le reserva el papel de ensalzar a 'señoros' decimonónicos montados a caballo, dejarse fotografiar por turistas o, como mucho, servir de improvisado parque infantil.

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Las instituciones, según este razonamiento, deben proyectar valores edificantes y compartidos, y no romper nunca, jamás de los jamases, los consensos del grupo (un baremo que, por cierto, que no se aplica en otros usos del espacio público, como banderas o pancartas). Unos consensos fundamentados, huelga decirlo, en una concepción estética de la Navidad sin resquicio para desviaciones, adaptaciones o diversidad, inmutable en el tiempo, y anclada en la nostalgia. Es perfectamente lícito que a uno no le guste el pesebre de la palza de Sant Jaume; no lo es, en cambio, negarle cualquier valor porque contraviene nuestra sensibilidad, y menos aún, fijar nuestro criterio en función de quién lo ha encargado.

Sospechemos además del arte familar y complaciente, ese que viene a hacer amigos. En 1961 el artista italiano Piero Manzoni puso a la venta una colección de 90 latas selladas. Según decía la etiqueta, cada una contenía 30 gramos de sus heces. Fue un enorme escándalo. Sus detractores, seguramente, hubieran postulado que un caganer junto a un nacimiento es la dimensión máxima, homeopática, de provocación que puede permitirse el arte.