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IDEAS

Henry Golding y Emilia Clarke, en un fotograma de ’Last Christmas’

Feliz Navidad

Mónica Vázquez

No hay nada tan contagioso como una historia bien contada, y la Navidad es una de las historias mejor contadas. Ya la vivas como parte de tu religión o como fenómeno cultural, la Navidad es una historia que repetimos todos los años, añadiendo elementos con el paso del tiempo, incorporando tradiciones y haciéndolas propias. Y no hay nada tan efectivo para expandir el delirio consumista navideño como la sobredosis de azúcar de las canciones y las películas navideñas.

Todas las películas navideñas están escritas para programar un estado de euforia amodorrada que nos arrope en el frío invierno de la vida

Si nos paramos a analizarlas, todas las películas navideñas siguen el mismo patrón narrativo, generando un estado de comatosa felicidad que nos invita a consumirlas sin cuestionarlas. El cuento de hadas hecho rutina, o la rutina hecha cuento de hadas.

La rutina es una herramienta que desarrolla nuestro cerebro para liberarse y optimizar su rendimiento, convirtiéndonos en autómatas que siguen los patrones de comportamientos aprendidos. Es como un telón de fondo que nos permite distraernos y darle a nuestro cerebro un trabajo más interesante mientras hacemos tareas sencillas.

A diferencia de las rutinas físicas, una 'rutina narrativa' tendría el efecto contrario, raptando nuestra atención y atándonos a un vacío de significado. El resultado sería un estado de letargo emocional en el que normalizamos mensajes hasta el punto de sentirlos propios. Un buen ejemplo de este estado de naufragio narrativo sería la propaganda política: repitiendo los mismos mensajes dentro de un contexto cultural podemos inducir estados mentales que se expanden por el imaginario personal y colectivo, y que más tarde se expresarán en forma de ideas y emociones que crecerán, inexorables. Y quizá ahí radique la magia de la Navidad: en ser la semilla que nos haga creer y sentir que la bondad existe, a un latido de distancia.

Las películas navideñas están escritas para programar un estado de euforia amodorrada que nos arrope en el frío invierno que es la vida, generando un ecosistema de expectativas que se afianza en nuestra narrativa personal mediante la reafirmación social porque, mires donde mires, estamos atrapados: Feliz Navidad.

Temas: Navidad