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Análisis

Ernesto Valverde da instrucciones a Junior Firpo durante el partido ante el Atlético.

JUANJO MARTÍN (EFE)

En busca de la epifanía

Jordi Puntí

Nunca hago mucho caso de lo que dicen los entrenadores antes de un partido. Es obvio que no van a enseñar sus cartas, pero de vez en cuando alguno se suelta un poco y consigue convencerme, casi como si estuviera ante un oráculo. Así, en la rueda de prensa del sábado, Valverde dijo: “Este es un partido para jugársela”, que es la forma educada de decirle al rival: “¡Yo es que estoy muy loco, eh!”.

Sus palabras resonaban en mi mente cuando empezó el partido en el Wanda. Si jugársela quizá quería decir poner de nuevo a Arthur en el centro del campo, algo que yo aplaudo, llevaría su concepto del riesgo a una dimensión más bien plana, y más si tenemos en cuenta que no estaba Busquets. Jugársela quizás también quería decir mantener a Rakitic en el medio centro, dándole una nueva titularidad cuando parece que ya esté en la rampa de salida navideña. (Apunte: a lo mejor las palabras de Arturo Vidal esta semana, diciendo que él también se cuestiona salir si no juega más, van a dar nueva vida al croata.)

En todo caso, la primera parte nos dejó la sensación de que jugársela -o incluso jugar, en transitivo- eran verbos que anoche no estaban en el diccionario del Barça, y les salía un fútbol a cámara lenta, empapado, con circulación escasa del balón, y con la aparición milagrosa dos veces del primer santo del partido, Ter Stegen (el segundo santo, claro, fue Messi).

En la segunda parte, en cambio, el juego de los blaugrana empezó a verse más hilvanado. Últimamente parecía que Valverde hacía las alineaciones como en una mala partida de Tetris, acumulando piezas aunque sin ensamblarlas de verdad, pero de repente dio la impresión de que se notaba un cierto juego de equipo. Nos frotamos los ojos. Sergi Roberto estaba bien en la banda; Arthur seguía facilitando que el balón rodara, al igual que De Jong, y Messi se dejaba ver con más intensidad. De vez en cuando, incluso, el argentino hacía incursiones hasta el centro del campo, llegando al meollo profundo, para luego salir hacia delante, como un viajante que trae un catálogo de peligros.

A la espera del gol que derrotase al Atlético, que por tradición e ilusión todos sabíamos que iba a llegar en los últimos minutos, comprendí que este Barça necesita una epifanía. Esto es lo que todos estamos esperando, esto es lo que Valverde convoca cuando dice que va a jugársela.

La epifanía de Guardiola -ese instante mágico en el que algo nace y todo toma sentido- se produjo esa noche en la que llamó a Messi y le dijo que a partir de entonces jugaría de falso nueve. La epifanía de Luis Enrique nació del error reconocido, en un partido en el que dejó en el banquillo a Messi, frente a la Real Sociedad. La epifanía de Valverde, esta temporada, se me antoja más sencilla: es dar con la clave para que nazca un fútbol de equipo, que nos guste y sea efectivo y además dé miedo a los rivales. No sé si en el Wanda llegamos a entrever la epifanía necesaria, pero a juzgar los rostros de alegría de los jugadores al final del partido, inéditas hasta ahora, a lo mejor estamos un poco más cerca. Ya se verá.