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Al contrataque

Un profesor impartiendo clase.

Los últimos héroes

Carles Francino

Hoy que el capitalismo rentista solo atiende a los beneficios y que en la política de calculadora no se mueve un dedo si no hay ganancia propia, la gran esperanza subsiste en gente como los maestros y las enfermeras

Es triste que un periodista diga esto porque se supone que nuestro oficio nos obliga a ser no solo curiosos sino también perspicaces. Pero a menudo tengo la sensación de que vamos por la vida como burros con orejeras, abducidos por el ruido político y los fogonazos de la bronca. ¿Tenemos claros los fundamentos de nuestra arquitectura social? ¿Qué colectivos soportan -y aportan- más cemento para que el edificio no se hunda? Cada uno puede responder según le vaya la película, pero yo estos días he redescubierto dos; y me alegro por ello. Son los maestros (masculino genérico) y las enfermeras (todas y todos los profesionales apoyan identificarse con el femenino) (por si acaso...). La  celebración del Día del Maestro nos permitió la otra tarde en la radio disfrutar del argumento que mejor explica la importancia de la educación: las historias de sus beneficiarios. Desde una familia de cabreros que aprendió a leer, escribir y contar gracias a un programa de enseñanza para adultos; hasta un niño acogido en Aldeas Infantiles que pegaba a los profesores cuando le separaron de su hermana y que hoy es doctor en Matemáticas; pasando por la periodista que después de 25 años ha descubierto que su felicidad está en las aulas, con los alumnos. O la guinda que nos proporcionó el rapero Haze, con un pasado de drogas y cárcel, que acaba de quedar el primero de su promoción en la Universidad de Sevilla y que ahora prepara oposiciones a maestro.

-¿Y dónde te gustaría enseñar? -le pregunté.

-En mi barrio, en Los Pajaritos; creo que podría hacer una buena labor porque los padres me conocen.

(Solo el 2% de los chavales de ese barrio, uno de los más pobres y complicados de toda España, llega a la universidad.)

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La otra tarde acumulé declaraciones de amor incondicional a uno de los oficios más relevantes que existen: modelar personas. Para mí la clave es que no se trabaja de maestro: se es maestro. Igual que se es enfermera. Llevo tres años acumulando premios y agradecimientos de este colectivo porque se me ocurrió contar la historia de una gallega que ejerce en Mozambique, convencida de que es ahí donde más puede ayudar para que el mundo sea un poco mejor. Bueno, pues el viernes me entregaron en Alicante otro de esos premios y además de darles las gracias y revindicar para ellos (también para los maestros) un mayor reconocimiento profesional y social, les dije lo que me parece más importante de todo: hoy que el capitalismo rentista solo atiende a los beneficios y que en la política de calculadora no se mueve un dedo si no hay ganancia propia, la gran esperanza subsiste en gente como ellos. Son algunos de los últimos héroes que nos quedan. Igual podríamos cuidarles un poco más.