Ir a contenido

IN MEMORIAM

Jordi Sole Tura, en un acto promovido por el Ayuntamiento de Baracaldo con motivo del vigesimotercer aniversario del Estatuto Vasco.

EFE / TXEMA FERNÁNDEZ

Jordi Solé Tura, el hombre que vio venir el tsunami

Andreu Claret

El 'padre' de la Constitución anticipó que un proceso como el que vivimos conduciría a una división profunda

Este hijo de panadero, nacido en 1930 en Mollet del Vallès, que empezó trabajando en el horno de su padre, recorrió el bachillerato en menos de dos años, fue número uno de su promoción de Derecho y conoció un largo exilio por ser del PSUC, trabajando como locutor de Radio Pirenaica, la emisora clandestina del PCE, es conocido por haber sido uno de los siete padres de la Constitución. Sin duda, esta fue su aportación más distinguida a la transición, pues Jordi Solé Tura era el rojo en un grupo entre los que dominaba el azul, por decirlo de una manera suave.

Pero visto desde la perspectiva actual, marcada por el 'procés', no creo que esa haya sido su aportación más importante (pese a que ya intuyera la necesidad de una perspectiva federal impensable mientras el franquismo campaba por sus anchas en los aparatos del Estado). Su legado, el que más ha perdurado, es la critica temprana y demoledora que hizo del nacionalismo catalán que encarnó Jordi Pujol, en su célebre ensayo publicado en 1985: 'Nacionalidades y nacionalismos en España: autonomías, federalismo, autodeterminación'.

Crítica ideológica

El libro, que presenta al nacionalismo como un movimiento dominado por las clases medias catalanas, constituye una critica ideológica formulada desde el marxismo y, de paso, un aviso al PSUC en el sentido de que ir a remolque de Pujol iba a ser un suicidio. El libro provocó un terremoto. Fue injustamente denostado por los intelectuales orgánicos del pujolismo como una renuncia a la defensa de los derechos nacionales de Catalunya que era injusta. Pujol comprendió que estaba en juego la hegemonía del nacionalismo que él representaba y que el marxismo podía actuar como un disolvente de la ideología que le llevaría al poder.

Llovía sobre mojado porqué Solé Tura ya había publicado un ensayo en 1967 sobre 'Catalanisme i revolució burgesa', en el que advertía en un tono algo tosco, propio de la época, que el catalanismo solo tenia cabida en una concepción marxista si la clase obrera ejercía un papel dirigente. Eran tiempos de auge del PSUC y de CCOO, y a Pujol le preocupaba "el excesivo predominio de lo social en detrimento de lo político y lo nacional".

Los intelectuales en su órbita, pero también muchos que seguían la política nacional del PSUC, le crucificaron porque leyeron sus palabras como contrarias al espíritu que llevaría a la constitución de la Assemblea de Catalunya, cuyo programa incluía la defensa del derecho de autodeterminación. En una carta inédita del entonces director de 'Serra d'Or', que publica Jordi Amat en su libro 'El llarg procés', se habla de "hundir a Solé Tura".

En 1985, Solé Tura defendió el derecho de autodeterminación en los términos de la ONU, esto es, para situaciones coloniales. Añadió que nunca debe entenderse al margen del contexto político, en este caso el de un país regido por la Constitución de 1978. Y alertó a la izquierda de que "no puede ser ambigua en este asunto so pena de dejar de ser izquierda". Fue incluso más allá y se preguntó si ejercer este derecho en el contexto de la España democrática "no significará la ruptura de los partidos, sindicatos y grupos de izquierda".

El derecho de autodeterminación había sido aceptado por los sectores antifranquistas catalanes y vascos. Frente a la dictadura, el derecho a decidir era inapelable y la autodeterminación aparecía como un principio democrático. Con la Constitución, dejaba de ser así. De ahí la responsabilidad de todos aquellos que han hecho suyo el mantra sobre "el régimen del 78" (incluso desde la nueva izquierda), recuperado por el independentismo como un corsé que impide ejercer la autodeterminación.

Predecir la división

Releyendo su libro, sorprende la anticipación de un hombre que vio venir el tsunami intelectual y social que recorre Catalunya. Incluso habla de una posible consulta sobre la autodeterminación, para concluir que si gana el 'sí', "nunca será aceptado por sectores importantes de la sociedad española", y si gana el 'no', no lo será por quienes reclaman la independencia del territorio afectado. Por lo tanto, concluye, "una consulta de este tipo tampoco garantiza la solución pacífica y democratica del problema", al pronunciarse solo la población del territorio que aspira a autodeterminarse.

Anticipó de este modo que un proceso como el que vivimos conduciría a una división profunda, no basada en las clases, sino en el sentimiento de pertenencia. En la cultura, la lengua, la procedencia. A una situación sin salida, como la actual. No sé lo que diría si todavía viviera, pero apuesto que sugeriría explorar una vía federal.